México: Marketing Político: Año de elecciones y tensiones

Por José Ciccone

Ya iniciado febrero y con las miras puestas en la política interna de México y de paso “echarle un ojo al vecino”, donde republicanos y demócratas, antes que termine el año se verán las caras, -o lo que quede de ellas después de tantos golpes arteros-, otra vez discurrimos inevitablemente en este apasionante tema que seguramente tendrá más de una interpretación, con todo y favoritos, como es de esperarse en un país como el nuestro que ya conoce desde hace muchos años la práctica democrática, aquella que nos obliga sanamente a enfocar las cosas con claridad y objetiva responsabilidad. Cuando hace casi cinco siglos el célebre y controversial Nicolás Maquiavelo escribió “El Príncipe”, dedicado por cierto a Lorenzo de Médici, el banquero más influyente de la época, hizo una vibrante revelación en aquel momento, cuando no intentó juicio moral alguno y desarrolló una técnica del poder al servicio de honestos y villanos por igual. Nunca imaginó que hoy el marketing político se tuviera que auxiliar con una batería impresionante de estudios, observaciones, tácticas y reglas estratégicas que finalmente nos recuerdan a cada paso que jamás debemos subestimar a la audiencia, porque es el público el que en definitiva manda y decide, además de indicarnos el tono y la forma de un ‘cómo’ que la mayoría esperan positivo, depositando su confianza en un privilegiado acto responsable y esperanzador como es el voto. 

 Un poco de historia política. Fueron aquellos precursores del debate público en las asambleas populares de la Grecia Clásica en Atenas, que por cierto Platón les había dado “tan mala prensa’, los que empezaron a descubrir el importante, definitorio y reinado peso de la oratoria en la vida democrática, porque ya existía un “marketing” en el arte de la retórica de Aristóteles. Encantar, seducir y persuadir conociendo de antemano “cómo siente y cómo piensa el otro”, era como un arte mayor de la política desde esa época, la de los sofistas –del griego “sophía” que es sabiduría y “sophós” que significa sabio-,hasta nuestros días, donde más de un partido o candidato parecen no encontrarle la vuelta para llegar al electorado de manera inteligente, clara y convincente con sus propuestas , sin tanto “apoyo externo”, o innecesarias manifestaciones belicosas, que irremediablemente surten efecto ‘boomerang’ dañando al personaje en cuestión que supuestamente debemos proteger de esos mismos ataques. No olvidemos que la historia de la política mundial a través de los años, está hecha de frases y actos que dejan entrever las verdaderas intenciones de una insignia política y sus candidatos que la representan, tratando por todos los medios posibles, de tapar sus errores pasados y a partir de un “borrón y cuenta nueva” convencer a la opinión pública que las cosas ‘ahora’ no son como eran antes, que estamos mejor preparados, y por lo tanto “actuaremos acorde con los tiempos que nos dominan, adoptando comprobadas estrategias modernas y eficientes”. Todo está muy bien, la cuestión es que hoy ese público receptor cuenta con mayor información interactiva e inmediata y es capaz de discernir un mensaje de otro, una promesa incumplida o inviable, una oratoria falsa a una franca y verdadera. Los tiempos cambian para todos, no sólo para los partidos políticos y sus representantes, también para la gente que consume los mensajes y los ‘expulsa’, acepta o digiere según sea su contenido. La historia de los grandes políticos abunda en ejemplos confirmativos. Sólo ellos saben cuando el adversario de hoy puede ser el aliado de mañana, o cuando un inevitable fracaso puede justificar el efecto de un triunfo necesario, porque lo que sucede es que la costumbre de proclamar principios cada día, se concilia menos con la de eludirlos. 

  La exigencia de un cambio. De manera general, los ciudadanos siempre piden un cambio que mejore su situación. Saber descifrar cuál es ese cambio es tarea de los que realizan marketing político, es decir, investigar objetivamente y volcar el resultado de estos estudios, para que después el candidato haga la mejor propuesta, la más persuasiva, la que lo acerque a la victoria. En todo este proceso profesional, debe participar un equipo multidisciplinario apoyados por una buena agencia de comunicación que seguramente encontrará las frases, los slogans precisos, las motivaciones gráficas, la estrategia de medios, -donde por cierto las redes sociales hoy cumplen un rol muy importante-, la unidad de la campaña, la uniformidad casi de cliché de los oradores, la imagen ad hoc de los participantes, y sobre todo la persistencia de una línea predefinida y aceptada por todo el equipo, que sólo sufrirá alteraciones en casos realmente excepcionales o accidentales. Estas acciones formarán un “todo” homogéneo que nos garantizará una mejor aceptación por parte del receptor. El candidato tendrá que saber comunicar las buenas intenciones a partir de la plataforma presentada. Los calificativos de estadista, economista o intelectual, son títulos que no crean fuentes reales y concretas de votos. A los obreros, campesinos, maestros y gente de la “clase económica” denominada como media baja, que por cierto representan más del setenta por ciento de los votantes, a ellos, no les interesa que el candidato tenga grados intelectuales. Los ciudadanos en masa buscan al líder que los conduzca con valentía, inteligencia, orden y decisión, hacia caminos de redención y prosperidad, más o menos inmediatos. Así pues, lo preferible e indicado es que el candidato se presente como un hombre resuelto y de acciones analizadas, pero de implementación instantánea, que por sobre todos los obstáculos y contra todas las barreras, cumpla su misión de cambio con apego a su país, reconocimiento tácito a su ciudad, patriotismo y plena seguridad.

Tesis y estudios. Las campañas deben elaborarse sin exponer demasiadas tesis. La ortodoxia publicitaria política dice con claridad que hay que ir primero a la zona emocional del elector con propuestas que por novedosas y viables, ‘sacudan’ al votante en sus reacciones y además lo pongan a pensar decididamente sobre lo expuesto. Necesitamos sedimentar información a favor, pero al mismo tiempo que los mensajes que elaboremos no se parezcan a ninguno, porque nuestro candidato ‘es único’, aunque pertenezca a un grupo de unidad partidista, él procede y actúa conforme a su intelecto, su apasionamiento, su forma de pensar y ver la vida. En este breve contexto, se encierra siempre una sugerencia a la hora de realizar evaluaciones de opinión pública, que deben hacerse no sólo por las clásicas encuestas, que arrojan números como respuesta a las preguntas que se le hacen al público de la calle; a veces desprevenido, otras tantas desinformado y algunas muy esquivo, como obligado a contestar “fuera de timing”. La gente interrogada contesta como cree que debe hacerlo y no siempre como siente íntimamente. Utilizar, además, otros sistemas de investigación más profundos del orden cualitativo -a esta altura de la civilización conocidos por todo el mundo-, porque lo superficial no aporta más que datos poco confiables y puede conducir al error táctico y/o estratégico en la elaboración de una buena campaña política.

Publicar un comentario en la entrada