Ruin arquitecto es la soberbia, los cimientos pone en lo alto y las tejas en los cimientos
.Francisco de Quevedo y Villegas 1580-1645
Pese a ser un fenómeno reciente, es de sobra conocida la importancia y trascendencia de las redes sociales en la transmisión de los mensajes políticos. De entre los numerosos estudios sobre el impacto y el alcance global de Facebook y Twitter como herramientas de comunicación son muy destacables los realizados por el sociólogo estadounidense Elihu Katz con respecto a la influencia e impulso de estas redes sociales sobre los procesos de cambio político. Aun siendo importante esta circunstancia, pretendo resaltar otro componente que, aunque elemental y simple, es mucho más evidente. Me refiero al factor que representan estas redes sociales como instrumentos de transmisión de la identidad por medio de la expresión de ideas, pensamientos, opiniones y sentimientos que efectúa el creador de un perfil. Considero que este aspecto de las redes sociales constituye el factor más trascendente de su condición como herramienta de comunicación política: un usuario conectado a Internet puede acceder y conocer la identidad y la imagen personal de un individuo, siempre que, por supuesto, esté dispuesto a compartirlas.
Conocer los gustos, las opiniones, las ideas y los sentimientos de alguien en el marco de una extensa comunidad de “amigos” puede conllevar a ciertos riesgos y, en ocasiones, a determinadas consecuencias poco o nada deseadas. Saber lo que expresa un político en tiempo real sobre su sentir o sobre sus ideas con respecto o a propósito de algo o de alguien, se convierte en un ejercicio muy valioso para averiguar el grado de coherencia y honestidad de sus mensajes. Esa propia libertad de creación, de expresión de identidad, sin sujeciones, sino con inmediatez y cercanía, es la definición esencial de los mensajes transmitidos en el perfil de una red social. Paradójicamente, ese aporte de información, transformado en un soporte o muro virtual, donde se adhieren mensajes, colocando esquelas, avisos y, en ocasiones, fotografías, lejos de contener las miradas indiscretas del exterior, se convierte en una especie de pared transparente que provoca el embate de ansiosos por devorar mensajes que, en esta ocasión, no hablan de las bondades de un producto o de la oportunidad de adquirir un servicio sino que informan de la identidad y de la conciencia de su creador.
Los muros de los políticos en Facebook facilitan un material de estudio impensable hace poco tiempo para resolver de forma inmediata la interpretación y el significado exacto del alcance, contenido e intencionalidad de los mensajes emitidos. Hoy, un ciudadano puede acceder a la expresión del pensamiento, e incluso al testimonio personal de los sentimientos, de cualquier político siempre que éste mantenga actualizado su perfil en una red social. Ya no es preciso leer largas entrevistas en periódicos o estudiar las intervenciones del diario de sesiones ni analizar tediosas comparecencias de prensa ni si quiera es necesario esperar a la publicación de un ensayo para saber qué piensa y que siente un político; simplemente, con acudir a su perfil de Facebook y leer los comentarios publicados en su muro seremos capaces de analizar su razón y su conciencia. Para ello, solamente, necesitamos tener una precisa apreciación analítica y una indispensable actitud crítica que, en última instancia, nos permita dilucidar ese grado de coherencia y honestidad que subyace ineludiblemente en todos los mensajes
Las redes sociales tienen la potencialidad de introducir la política en los ordenadores, expandiendo el ámbito privado de información y debate. Cuando Mark Zuckerberg crea Facebook, como un sitio de intercambio de información entre los estudiantes de la Universidad de Harvard, no podía pensar en el alcance de la recién creada estructura social virtual como herramienta de comunicación política. Lo cierto es que, en el surgimiento de esta idea, nadie pensó en el alcance y significado que tendría pasados unos pocos años. La celeridad en la extensión y la trepidante rapidez de la implantación de las redes sociales han dejan atrás todo tipo de suposiciones y posibilidades previstas en su origen.
Es obvio, que el político que utiliza las redes sociales para proyectar al exterior unas ideas, con arreglo, faltaría más, a sus propios intereses y objetivos, acaba asumiendo un riesgo derivado de la inmediatez de la comunicación. Sin duda, si lo que desea es lograr la mayor adhesión a su programa, tendrá que transmitir la identidad, su identidad, con un cuidado que raye la perfección. Ha de evitar una interpretación errónea de sus mensajes y, lo más peligroso, la emersión de lo que pretenda ocultar o no dar a conocer. Pero los dislates pueden aparecer en cualquier momento. De esta forma, cuando la realidad, reservada y escondida, traiciona a la ilusión que se manifiesta; es decir, cuando detrás de los mensajes cercanos y sinceros, se descubren las farsas y los disimulos, aparece inexorablemente la verdad. Tal hecho viene a suceder, en demasiadas ocasiones, en el crítico momento en el que el honrado asesor anónimo, que trabaja para el lucimiento y provecho del político, comete un error de valoración que provoca que en el mensaje generado afloren esas paradojas y contradicciones. En otras ocasiones, es el propio político quien, movido por su deseo de aparecer como un ser singular y electoralmente deseable, disfraza su identidad hasta tan alto grado de paroxismo que cae en lo grotesco y en lo esperpéntico.
En relación con la transmisión de la identidad de un político en una red social, el ejemplo más claro y preciso de incurrir en la caricatura lo encontramos, lejos de cualquier atisbo de malquerencia o aversión, en el perfil de la señora Aguirre, presidenta del Partido Popular de Madrid. Su muro en Facebook recogía el pasado 25 de marzo el siguiente comentario: “Yo tuve la suerte de recibir una educación bilingüe y por ello he querido que los niños madrileños tengan también esa oportunidad”.
La señora Aguirre presenta un caricato pleno de insolente envanecimiento. Emerge en el mensaje tal ataque de soberbia, estimo que consecuencia no deseada de un descontrolado orgullo, que se genera un efecto contrario al supuestamente pretendido: la señora Aguirre ha cometido el error de poner a descubierto su verdadera conciencia.
Fuente: Dialogo Progresista
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