Cuando Pirincho me invitó a participar de El Post, inevitablemente derivamos en un intercambio de lamentaciones mutuas sobre el estado de la Concertación y de la izquierda chilena en general.
Hoy en día eso pasa mucho cuando uno se junta con compañeros y camaradas, creo que es uno de esos rituales de identificación mutua, de olfateo recíproco, como cuando el pijerío chileno se reúne y dedica un rato a hablar de familiares antes de entrar a los temas de fondo. Es un ritual para comprobar que somos de los mismos. En nuestro caso es para decirnos que estamos tristes y atribulados por lo que le pasa a la izquierda... que estamos en la misma.
Bueno, cuando estábamos en eso, se nos ocurrió un símil para describir nuestra situación actual. Yo me quedé pegado y lo he estado macerando un poco.
Este símil viene de "La historia sin fin" de Michael Ende. En ese libro maravilloso, un niño que vive en el mundo moderno es absorbido por un libro que lo hace participar dentro de una épica lucha por salvar el mundo de la fantasía, de las historias y las leyendas. La idea es que ese mundo está siendo destruido por la modernidad, su pragmatismo, hiperracionalidad y violencia. El avance de un mundo hostil en que la fantasía no tiene espacio se expresa dentro de ese libro como el avance de “la Nada”, la ausencia de historia, de ideas, de leyendas, de paisajes románticos... de todo. El vacío.
Finalmente, el niño se ve desafiado a creer (en la realidad) para salvar a Fantasía. Como es un libro para niños, Ende se ordena y permite que éste salve el mundo fantástico creyendo en las historias, asumiendo que son reales a pesar de estar en los libros, sueños e ideas y, finalmente, permitiendo que continúe siendo contada y -aquí está lo importante- moldeando y mejorando el mundo real.
La salvación de Fantasía es un acto de voluntad y de fe, de amor al mundo de las ideas y al acto de soñar, que tiene efectos reales. Precioso libro.
Creo que algo similar le pasa ahora a la izquierda Chilena. La costumbre de la práctica disciplinada del pragmatismo legislativo y de política pública, tiene a muchos angustiados de que no seamos capaces de tener un sueño, una historia, una narrativa. La realidad del marketing político desatado tiene a muchos asustados de que la política será reducida a un reclame perpetuo, en el que todos vamos a vivir para siempre aplaudiendo como focas a figuras y caudillos, que se nos van a vender como si fueran pasta dental.
Las realidades de los mercados globales tienen a muchos angustiados de que nunca vamos a poder tomar decisiones estratégicas respecto del desarrollo de Chile, y que estamos condenados a ser un país exportador de bienes básicos, bueno para la venta minorista de importaciones. La incapacidad de los gobiernos de la Concertación de alterar significativamente la distribución del ingreso de nuestro país, tiene a muchos pensando que el proyecto igualitario está fracasado.
La imposibilidad de haber cambiado el sistema binominal, haber conseguido la segunda fase de las reformas constitucionales y haber avanzado en la descentralización del país hace creer a muchos que el proyecto democratizador se ha estancado. Y finalmente, el conservadurismo institucional de nuestros partidos, la arrogancia de los técnicos y el egoísmo de nuestros políticos, tienen a muchos angustiados de que el proyecto político de la centro izquierda haya perdido el rumbo y ya no constituya un proyecto colectivo viable.
Es el avance de “la Nada”, de la desidia, el aburrimiento, la indiferencia... la nada, igual que en la "Historia sin fin".
Ende nos da la solución: hay que creer en nuestras historias y contarlas una y otra vez. Escribirlas, repensarlas, imaginarlas de nuevo. Creer que ellas son parte de nuestras vidas -diga lo que diga el aparato de marketing ideológico actual, encargado de convencernos que todo da lo mismo-, que no hay grandes discrepancias, que hay que unirse detrás de grandes líderes (pertenecientes a la élite), para que nos conduzcan por la senda de ese evidente y monolítico bien común que todas las personas buenas (que no tienen ideología) persiguen.
El autor de este libro nos dice que las historias existen porque las contamos. Son reales porque están presentes en nuestra vida, en la medida que modelamos nuestras propias historias personales con ellas. Pero nos dice que, para que sigan existiendo, tenemos que seguir contándolas. Todo nuestro bregar profesional: nuestro estudio de ciencias sociales, nuestras investigaciones técnicas, nuestra gestión, activismo o militancia política, no tendrán sentido si esas historias no están. Nos enredaremos, sin entender qué es lo que estamos haciendo, cada vez actuando peor, haciendo papeles ridículos dentro del reclame perpetuo. Nos perderemos en una nada, ya no dentro de un libro, sino en el mundo real.
Así que a cantar la saga, evocar los sueños y leyendas, las narrativas y discursos, las declaraciones de principios y las de rebeldía, los pequeños y grandes heroísmos... esos que no fueron tan así, pero en el fondo si lo fueron, porque así moldearon nuestras vidas, porque son la memoria sobre la que construimos lo que creemos colectivamente. A contar las historias... para mantenerlas vivas.
Fuente: Oscar Landerretche
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