Por Juan Larrosa
Hace quince días discutí, en otro espacio editorial, sobre las capacidades e incapacidades del gobierno mexicano para construir la propaganda que legitime su participación en lo que ha denominado como la “guerra contra el narcotráfico”. La conclusión fue que la realidad mexicana ha rebasado cualquier esfuerzo de comunicación política. Hoy llega el momento de discutir sobre el papel histórico que los medios están jugando en este proceso de violenta decadencia del orden social. La discusión es actual y aparece constantemente en el espacio público: ¿cómo es que los medios deben abordar estos temas? ¿Cuál es el estado de la libertad de expresión en México?
Estas preguntas ya han sido respondidas por más de alguno. Por lo pronto el Presidente ha hecho pública su respuesta en repetidas ocasiones. Por ejemplo, la semana pasada arremetió en contra de los medios que publican los llamados narcomensajes que aparecen en mantas colgadas de puentes peatonales o en videos distribuidos por Internet. Estas decisiones editoriales, dice el Presidente, han creado una mala imagen de México en el exterior, y para probar sus dichos expone evidencia empírica inmejorable: dice que en Brasil hay más homicidios por habitante que en México, pero que aún con estas vicisitudes logró hacerse de la organización de los Juegos Olímpicos y del Mundial de fútbol, gracias a que sus medios de comunicación y sus habitantes no hablan mal de su propio país. En México, dice Calderón, es un deporte nacional hablar mal del gobierno. (El Universal, 25/II/ 2010).
El crimen organizado, por su parte, también hace escuchar sus demandas. Los narcotraficantes buscan que los medios de comunicación publiquen los mensajes que dejan sobre los cadáveres de sicarios, políticos, periodistas o ciudadanos asesinados; exigen, en pleno programa de televisión por cable, una audiencia con el Presidente de la República; o demandan que los telediarios o portales de Internet reproduzcan sus videos amenazantes o que destaquen gráficamente la violencia a través de fotografías de cuerpos descabezados. Además se han convertido en promotores de industrias culturales y presionan para que se apoye a aquellos grupos musicales que cantan corridos en los que relatan la vida de los capos o invierten grandes cantidades de dinero para producir películas en las que los narcotraficantes aparecen como robinhoods en la sierra de Durango.
Estos mensajes, tanto la propaganda oficial como la del crimen organizado, paralizan a la sociedad, la inundan con miedo, y en muchos casos, la confunden. El gran tema es cómo deben actuar los medios de comunicación frente a este escenario. Los costos están a la vista. Podemos observar a medios de comunicación que siguen el consejo presidencial y se dedican a darle palmaditas en la espalda a Calderón y su Ejército. Otros, por presiones, se han convertido en vehículos de comunicación del crimen organizado. Otros han llegado al punto de omitir el tema de su agenda. Otros, como el caso de la revista Proceso, han tomado la decisión de publicar artículos, pero suprimiendo el nombre de los reporteros en aras de su seguridad. Hay medios que decididamente cubren el tema y que lo utilizan como gancho para incrementar sus ventas.
El panorama no es nada sencillo y no hay recetas de cocina para destrabar este problema. Sin embargo, existen tres elementos que me parecen muy pertinentes subrayar. El primero es que debemos denunciar que el derecho a la libertad de opinión y expresión está de capa caída en nuestro país. La estructura política que se creó después de la Revolución mexicana fue rígida, autoritaria y desde el Estado se atentó en numerosas ocasiones en contra de periodistas, informadores, activistas y políticos de oposición; muchos de ellos fueron asesinados. Luego de una larga y tortuosa transición, que en materia de medios inicia en la década de los ochenta, ahora tenemos que luchar contra un poder que está por encima del Estado y que es el crimen organizado.
Sin embargo, el tema de la narcomediosfera no debe solucionarse por la vía autoritaria. Los medios de comunicación observan la vida social, o dicho de otra forma, son dispositivos de autoobservación social. A través de este trabajo, los medios construyen una realidad, describen comunidades humanas, documentan mucho de lo que se dice y no se dice en términos públicos, crean consensos y despliegan patrones culturales en el lenguaje y el consumo, tan sólo por citar algunas de las consecuencias que generan estos procesos de comunicación. Cuando el presidente Calderón y cierta parte de la clase política exigen a los medios que dejen de generar una mala imagen de México, piden que el sistema social cierre sus ojos y clausure sus procesos de observación y conocimiento. Los descabezados o narcocorridos son parte de la vida contemporánea de México y ciertamente son aterrorizantes, y para los más, indeseables, pero censurarlos no va a contribuir a solucionar el orden de cosas.
Lo anterior no debe, en absoluto, colocar a los medios en una postura de inmovilidad. Su propia victimización atenta contra sus fuerzas y empoderamiento. La autocensura de comunicadores es la consecuencia más abyecta de todo este proceso. De ahí que los medios deben asumir su papel histórico y busquen el debate entre sí mismos y con sus sociedades. Los medios de comunicación no pueden seguir la sugerencia del Presidente de construir una imagen saludable de México ni tampoco servir como vehículo de comunicación para las bandas del crimen organizado. El trabajo de los medios está en informarnos quiénes somos, qué nos pasa y qué estamos haciendo para resolverlo.
Fuente: Avenida 24
Hace quince días discutí, en otro espacio editorial, sobre las capacidades e incapacidades del gobierno mexicano para construir la propaganda que legitime su participación en lo que ha denominado como la “guerra contra el narcotráfico”. La conclusión fue que la realidad mexicana ha rebasado cualquier esfuerzo de comunicación política. Hoy llega el momento de discutir sobre el papel histórico que los medios están jugando en este proceso de violenta decadencia del orden social. La discusión es actual y aparece constantemente en el espacio público: ¿cómo es que los medios deben abordar estos temas? ¿Cuál es el estado de la libertad de expresión en México?
Estas preguntas ya han sido respondidas por más de alguno. Por lo pronto el Presidente ha hecho pública su respuesta en repetidas ocasiones. Por ejemplo, la semana pasada arremetió en contra de los medios que publican los llamados narcomensajes que aparecen en mantas colgadas de puentes peatonales o en videos distribuidos por Internet. Estas decisiones editoriales, dice el Presidente, han creado una mala imagen de México en el exterior, y para probar sus dichos expone evidencia empírica inmejorable: dice que en Brasil hay más homicidios por habitante que en México, pero que aún con estas vicisitudes logró hacerse de la organización de los Juegos Olímpicos y del Mundial de fútbol, gracias a que sus medios de comunicación y sus habitantes no hablan mal de su propio país. En México, dice Calderón, es un deporte nacional hablar mal del gobierno. (El Universal, 25/II/ 2010).
El crimen organizado, por su parte, también hace escuchar sus demandas. Los narcotraficantes buscan que los medios de comunicación publiquen los mensajes que dejan sobre los cadáveres de sicarios, políticos, periodistas o ciudadanos asesinados; exigen, en pleno programa de televisión por cable, una audiencia con el Presidente de la República; o demandan que los telediarios o portales de Internet reproduzcan sus videos amenazantes o que destaquen gráficamente la violencia a través de fotografías de cuerpos descabezados. Además se han convertido en promotores de industrias culturales y presionan para que se apoye a aquellos grupos musicales que cantan corridos en los que relatan la vida de los capos o invierten grandes cantidades de dinero para producir películas en las que los narcotraficantes aparecen como robinhoods en la sierra de Durango.
Estos mensajes, tanto la propaganda oficial como la del crimen organizado, paralizan a la sociedad, la inundan con miedo, y en muchos casos, la confunden. El gran tema es cómo deben actuar los medios de comunicación frente a este escenario. Los costos están a la vista. Podemos observar a medios de comunicación que siguen el consejo presidencial y se dedican a darle palmaditas en la espalda a Calderón y su Ejército. Otros, por presiones, se han convertido en vehículos de comunicación del crimen organizado. Otros han llegado al punto de omitir el tema de su agenda. Otros, como el caso de la revista Proceso, han tomado la decisión de publicar artículos, pero suprimiendo el nombre de los reporteros en aras de su seguridad. Hay medios que decididamente cubren el tema y que lo utilizan como gancho para incrementar sus ventas.
El panorama no es nada sencillo y no hay recetas de cocina para destrabar este problema. Sin embargo, existen tres elementos que me parecen muy pertinentes subrayar. El primero es que debemos denunciar que el derecho a la libertad de opinión y expresión está de capa caída en nuestro país. La estructura política que se creó después de la Revolución mexicana fue rígida, autoritaria y desde el Estado se atentó en numerosas ocasiones en contra de periodistas, informadores, activistas y políticos de oposición; muchos de ellos fueron asesinados. Luego de una larga y tortuosa transición, que en materia de medios inicia en la década de los ochenta, ahora tenemos que luchar contra un poder que está por encima del Estado y que es el crimen organizado.
Sin embargo, el tema de la narcomediosfera no debe solucionarse por la vía autoritaria. Los medios de comunicación observan la vida social, o dicho de otra forma, son dispositivos de autoobservación social. A través de este trabajo, los medios construyen una realidad, describen comunidades humanas, documentan mucho de lo que se dice y no se dice en términos públicos, crean consensos y despliegan patrones culturales en el lenguaje y el consumo, tan sólo por citar algunas de las consecuencias que generan estos procesos de comunicación. Cuando el presidente Calderón y cierta parte de la clase política exigen a los medios que dejen de generar una mala imagen de México, piden que el sistema social cierre sus ojos y clausure sus procesos de observación y conocimiento. Los descabezados o narcocorridos son parte de la vida contemporánea de México y ciertamente son aterrorizantes, y para los más, indeseables, pero censurarlos no va a contribuir a solucionar el orden de cosas.
Lo anterior no debe, en absoluto, colocar a los medios en una postura de inmovilidad. Su propia victimización atenta contra sus fuerzas y empoderamiento. La autocensura de comunicadores es la consecuencia más abyecta de todo este proceso. De ahí que los medios deben asumir su papel histórico y busquen el debate entre sí mismos y con sus sociedades. Los medios de comunicación no pueden seguir la sugerencia del Presidente de construir una imagen saludable de México ni tampoco servir como vehículo de comunicación para las bandas del crimen organizado. El trabajo de los medios está en informarnos quiénes somos, qué nos pasa y qué estamos haciendo para resolverlo.
Fuente: Avenida 24
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