Estas elecciones serán un buen experimento para testear el poder de los medios a la hora de influir en los votantes. Si se piensa que el presidente más exitoso de los últimos 50 años se enfrenta a un paracaidista de la política, un millonario de negocios dudosos que en su vida militó y cuyo único interés en la cosa pública es convertirla en negocios privados (propios), la perspectiva de una cierta paridad en los resultados suscita algunos interrogantes.
El fantasma del marketing se agita en los resultados de las mediciones de las encuestas de la provincia de Buenos Aires. Si política es sinónimo de persuasión e influencia, la difusión y publicidad de las propias ideas son una necesidad ineludible. El uso de las herramientas que la ciencia ha desarrollado (estadísticas, sociología, psicología y antropología), de las que la mercadotecnia hace un uso profesional, es una consecuencia lógica de la competencia para la supervivencia política.
Una parte importante del mercadeo electoral es conocer al votante. Preguntarle cosas en encuestas o entrevistas, individuales o grupales, de modo de mapear el territorio y adaptar las tácticas electorales, que incluyen tanto a los mensajes como a los medios. Por supuesto, el riesgo es enamorarse del canto de las sirenas de la opinión pública -con todo el peso que los medios masivos tienen en ella- y emitir consignas tan sólo para quedar bien.
El marketing en términos generales siempre está puesto al servicio de un producto, y el marketing político al de una idea, un proyecto; más claro o más velado, coherente o no, consonante o disonante con la trayectoria personal del sujeto que lo encarna: el candidato. El riesgo es la hiperpersonalización de la política, favorecida por la naturaleza de los medios audiovisuales y sus criterios de noticiabilidad.
Por último, la cuestión de la forma de los mensajes no es menor: puede facilitar o dificultar la transmisión del mismo a determinados públicos y por lo tanto la persuasión y el voto. Para hablarles a las sociedades latinoamericanas actuales, las más desiguales del planeta, es necesario encontrar el tenso equilibrio entre lo cortés y lo valiente, entre la propuesta seria y el sentido del humor, entre lo estético y lo moral. Para eso, el marketing político es una herramienta a la que es suicida renunciar.
Fuente: Ni a palos
El fantasma del marketing se agita en los resultados de las mediciones de las encuestas de la provincia de Buenos Aires. Si política es sinónimo de persuasión e influencia, la difusión y publicidad de las propias ideas son una necesidad ineludible. El uso de las herramientas que la ciencia ha desarrollado (estadísticas, sociología, psicología y antropología), de las que la mercadotecnia hace un uso profesional, es una consecuencia lógica de la competencia para la supervivencia política.
Una parte importante del mercadeo electoral es conocer al votante. Preguntarle cosas en encuestas o entrevistas, individuales o grupales, de modo de mapear el territorio y adaptar las tácticas electorales, que incluyen tanto a los mensajes como a los medios. Por supuesto, el riesgo es enamorarse del canto de las sirenas de la opinión pública -con todo el peso que los medios masivos tienen en ella- y emitir consignas tan sólo para quedar bien.
El marketing en términos generales siempre está puesto al servicio de un producto, y el marketing político al de una idea, un proyecto; más claro o más velado, coherente o no, consonante o disonante con la trayectoria personal del sujeto que lo encarna: el candidato. El riesgo es la hiperpersonalización de la política, favorecida por la naturaleza de los medios audiovisuales y sus criterios de noticiabilidad.
Por último, la cuestión de la forma de los mensajes no es menor: puede facilitar o dificultar la transmisión del mismo a determinados públicos y por lo tanto la persuasión y el voto. Para hablarles a las sociedades latinoamericanas actuales, las más desiguales del planeta, es necesario encontrar el tenso equilibrio entre lo cortés y lo valiente, entre la propuesta seria y el sentido del humor, entre lo estético y lo moral. Para eso, el marketing político es una herramienta a la que es suicida renunciar.
Fuente: Ni a palos
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