Por Agustín Saavedra Weise
Varias publicaciones han dedicado desde principios de 2010 espacios para explicar la llamada “década perdida” en los Estados Unidos. El término tiene para los latinoamericanos reminiscencias. Mucho se habló anteriormente en nuestra región de “década perdida”, al referirse al tiempo entre el llamado Consenso de Washington y la ola de privatizaciones. Como es sabido y por diversos motivos largos de explicar ahora, en lugar de crear mejores oportunidades, esto terminó generando una crisis generalizada que afectó a la población latinoamericana desde la década del 90 hasta principios de este tercer milenio.
El contexto es diferente, pero he aquí que importantes círculos norteamericanos piensan ahora que EEUU también ha perdido el rumbo en los últimos años. Casi todos toman como punto de partida el fatídico día de los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001. Consolidan sus razonamientos con la tremenda crisis financiera desatada pocos años después a raíz de las especulaciones desenfrenadas con títulos hipotecarios, una crisis de papeles del mercado bursátil que rápidamente contagió a la economía real. Hoy, en los albores de 2010, la esperada recuperación norteamericana todavía está en pañales, el desempleo supera al 10 por ciento de la población activa. Pese a que las tasas de interés son muy bajas, aún no hay suficientes estímulos —ni confianza— para endeudarse a largo plazo, factor fundamental para revitalizar una economía. A ello agréguese una deuda externa astronómica, un déficit fiscal enorme y cuantiosas erogaciones diarias de millones de dólares para mantener el aparato militar que ostenta EEUU en Irak, Afganistán y otras partes del globo.
América Latina y el resto de los países emergentes fueron mucho menos afectados por esta última crisis, con la que sí tambalearon las economías industrializadas.
La guerra contra el terrorismo —como parte esencial de su política exterior, pero mal llevada y mal vendida externa e internamente como “marketing político”— contribuyó al deterioro de la imagen de Estados Unidos y afectó su credibilidad. El cambio en la Presidencia de George W. Bush por Barack H. Obama no está modificando hasta ahora las situaciones de fondo.
Evidentemente, Estados Unidos ha tenido tropiezos, problemas e inconvenientes en la década recientemente concluida. Es más: la sumatoria de dificultades probablemente aumente en el futuro cercano. Pero EEUU aún cuenta con su enorme ventaja geográfica; su envidiable posición bioceánica y muchos recursos naturales hacen de su extenso territorio un lugar de privilegio. Asimismo, EEUU tiene un alto desarrollo con claro liderazgo tecnológico y una capacidad de asimilación de lo novedoso manifiestamente superior al resto de sus potenciales rivales. Además, el pueblo norteamericano siempre tuvo espíritu de pionero, con optimismo frente a la vida y desafíos internos o externos. Todo esto —sumado a una administración racional— le podrá dar holgadamente a Estados Unidos el aliento necesario para superar el difícil momento y relanzarse como lo que —con todos sus resbalones— es y seguirá siendo: súper potencia indiscutida, expresión palpable de la democracia, la economía libre y la iniciativa individual. No hay que enterrar al gigante norteamericano antes de tiempo, todavía tendrá larga vida, se los aseguro.
Fuente: La Prensa
Varias publicaciones han dedicado desde principios de 2010 espacios para explicar la llamada “década perdida” en los Estados Unidos. El término tiene para los latinoamericanos reminiscencias. Mucho se habló anteriormente en nuestra región de “década perdida”, al referirse al tiempo entre el llamado Consenso de Washington y la ola de privatizaciones. Como es sabido y por diversos motivos largos de explicar ahora, en lugar de crear mejores oportunidades, esto terminó generando una crisis generalizada que afectó a la población latinoamericana desde la década del 90 hasta principios de este tercer milenio.
El contexto es diferente, pero he aquí que importantes círculos norteamericanos piensan ahora que EEUU también ha perdido el rumbo en los últimos años. Casi todos toman como punto de partida el fatídico día de los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001. Consolidan sus razonamientos con la tremenda crisis financiera desatada pocos años después a raíz de las especulaciones desenfrenadas con títulos hipotecarios, una crisis de papeles del mercado bursátil que rápidamente contagió a la economía real. Hoy, en los albores de 2010, la esperada recuperación norteamericana todavía está en pañales, el desempleo supera al 10 por ciento de la población activa. Pese a que las tasas de interés son muy bajas, aún no hay suficientes estímulos —ni confianza— para endeudarse a largo plazo, factor fundamental para revitalizar una economía. A ello agréguese una deuda externa astronómica, un déficit fiscal enorme y cuantiosas erogaciones diarias de millones de dólares para mantener el aparato militar que ostenta EEUU en Irak, Afganistán y otras partes del globo.
América Latina y el resto de los países emergentes fueron mucho menos afectados por esta última crisis, con la que sí tambalearon las economías industrializadas.
La guerra contra el terrorismo —como parte esencial de su política exterior, pero mal llevada y mal vendida externa e internamente como “marketing político”— contribuyó al deterioro de la imagen de Estados Unidos y afectó su credibilidad. El cambio en la Presidencia de George W. Bush por Barack H. Obama no está modificando hasta ahora las situaciones de fondo.
Evidentemente, Estados Unidos ha tenido tropiezos, problemas e inconvenientes en la década recientemente concluida. Es más: la sumatoria de dificultades probablemente aumente en el futuro cercano. Pero EEUU aún cuenta con su enorme ventaja geográfica; su envidiable posición bioceánica y muchos recursos naturales hacen de su extenso territorio un lugar de privilegio. Asimismo, EEUU tiene un alto desarrollo con claro liderazgo tecnológico y una capacidad de asimilación de lo novedoso manifiestamente superior al resto de sus potenciales rivales. Además, el pueblo norteamericano siempre tuvo espíritu de pionero, con optimismo frente a la vida y desafíos internos o externos. Todo esto —sumado a una administración racional— le podrá dar holgadamente a Estados Unidos el aliento necesario para superar el difícil momento y relanzarse como lo que —con todos sus resbalones— es y seguirá siendo: súper potencia indiscutida, expresión palpable de la democracia, la economía libre y la iniciativa individual. No hay que enterrar al gigante norteamericano antes de tiempo, todavía tendrá larga vida, se los aseguro.
Fuente: La Prensa
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