En busca de los nuevos ciudadanos y electores

Por Manuel Luis Rodriguez

Acaso uno de los cambios más profundos y, a la vez, menos notorios que ha experimentado la política en la época de la globalización y de la modernidad, es la paulatina desaparición del ciudadano “tipo tradicional” propio del siglo XIX y primera mitad del siglo XX.

Desaparece graduamente la antigua y tradicional política de masas, basada en los grandes relatos ideológicos, en multitudes masivas, en movilizaciones multitudinarias y en aparatos partidarios estructurados, y aparece la política de las multitudes inteligentes, centrada en el individuo, en los liderazgos, en coaliciones políticas de geometría variable, en dispositivos de “efectos de pantalla”, en costosos diseños de marketing y en estrategias comunicacionales intensivas.

¿Estamos asistiendo a una suerte de despolitización de la política?

EL CIUDADANO QUE TODOS QUIEREN SER

La política, las instituciones y hasta los textos constitucionales y legales característicos del largo siglo XX, se construyeron sobre la base del concepto de un ciudadano consciente, informado y protagonista de sus derechos y deberes. Este “ciudadano modelo” se inscribe en la lógica del “Contrato Social” de Jean Jacques Rousseau que, en el siglo XVIII auguraba las grandes revoluciones nacionalistas que formarían los primeros Estados modernos. La lógica y la doctrina clásica de la representación, como fundamento de las democracias modernas, se encuentra en la base de esta concepción del ciudadano ilustrado.

Veamos el asunto desde el punto de vista histórico en el caso de Chile.

La Declaración de la Independencia de Chile (1818) o el sermón de Camilo Henríquez en el Tedeum de inauguración del primer Congreso Nacional, el 4 de julio de 1811, y las grandes Constituciones chilenas, de 1818, 1833 o de 1925, sin contar con la actual, son construcciones políticas e intelectuales realizadas sobre la base teórica de la premisa que supone la existencia de un ciudadano dotado y consciente de sus derechos y sus deberes, de un ciudadano involucrado y protagonista activo de la vida social y política.

En el presente sin embargo, fuerza es de comprobar que el concepto mismo de ciudadano antes descrito, o adolece de errores conceptuales de base o se trata de una ficción intelectual y jurídica que no se corresponde con la realidad.

Es cierto también que asistimos a la emergencia de nuevas formas de ciudadanía, relacionadas con la pertenencia territorial y las identidades regional, étnica, religiosa y local, con las preferencias sexuales, de manera que el ser ciudadano hoy resulta una definición mucho mas compleja y menos asociada a determinadas adscripciones políticas e ideológicas.

Tres fenómenos acusan este cambio en la condición ciudadana: uno de ellos es la mercantilización de las prácticas políticas (hoy todo depende del dinero y de la capacidad económica del actor político para acceder a los bienes y servicios de la Política), de manera que la política se ha convertido en un mercado; otro, es la profesionalización de la actividad política (hoy un número creciente de individuos viven literalmente de la actividad política a la que se dedican a tiempo completo, lo que es imposible para los demás ciudadanos), y el otro es la personalización de los atributos electorales (de manera que el elector parece preferir ciertas cualidades indivduales del postulante, antes que sus propuestas y proyectos).

El problema además se complejiza dada la mediatización de la política, es decir, la transformación casi total de las actividades políticas y partidarias en recursos, soportes y herramientas mediáticas, en mensajes y en significados comunicacionales. La política deviene así más un proceso de construcción y descontrucción de imagenes, en un espacio público controlado y regulado por los medios, antes que una instancia de debate e intercambio de estrategias y posturas programáticas. El dialogo político se convierte en monólogo comunicacional, en que los políticos se interpelan y se transmiten señales y mensajes (guiños…) entre sí.

Un ciudadano escribía la siguiente metáfora sobre este aspecto: “la diferencia entre los políticos y nosotros los ciudadanos, es que nosotros pasamos gran parte del tiempo hablando de ellos, pero ellos no hablan casi nunca de nosotros…

El ciudadano así termina aplastado y cada vez mas lejano y ausente ante una política de rasgos mercantiles, mediatizada, ejercida por políticos profesionales que cuidan y desarollan su imagen como atributos en competencia.

Si a estos elementos se agrega la notoria despolitización de las prácticas sociales y el deterioro de la legitimidad de la política y la clase política, resulta una ciudadanía paradojalmente menos politizada e incluso despolitizada. ¿Podemos llegar así a una política despolitizada y a una ciudadanía desciudadanizada?

¿CIUDADANOS, ELECTORES … O CONSUMIDORES?

Es altamente probable entonces que el elector promedio, como lo han confirmado numerosos estudios sociológicos, vota hoy preferentemente según el conjunto de atributos percibidos en los candidatos, atributos personales, de liderazgo y de habilidades y competencias estimadas respecto del cargo que deberán desempeñar, y no por las condiciones de proyecto, contenido del programa o formulaciones ideológicas que sustentan tales candidaturas.

No hay que olvidar aquí que esos atributos percibidos en los candidatos son modelados comunicacionalmente, es decir, pueden ser el resultado de procesos comunicacionales de construcción (o de destrucción) de imagen.

Cada ciudadano tiene y asume lo que podríamos llamar un “núcleo duro de creencias y preferencias políticas” (más o menos coherentes consigo mismo), que se descifra en su historial de voto anterior (en su “biografía político-electoral”), pero además mientras menos informado y menos consciente sea de los asuntos públicos, ese ciudadano podrá dar mayor importancia a los rasgos visibles y perceptibles del candidato. Hay que considerar además que el elector-ciudadano a lo largo del proceso político cotidiano, se forma una serie de percepciones respecto de la política y los políticos, percepciones que poseen un efecto acumulativo en el tiempo.

La gran mayoría de los ciudadanos hoy no votan según o a partir de determinadas opciones de orden ideológico, aunque todos poseen una cierta base ideológica de creencias políticas y preferencias. La tendencia general indica que el componente ideológico de la decisíón electoral en ciudadanos relativamente poco informados y poco involucrados en los procesos sociales y políticos, es uno de los factores entre varios otros, a la hora de inclinar su preferencia.

Ha desaparecido la política de masas, la política de los partidos políticos como aparatos de representación unica y exclusiva de las creencias políticas de los ciudadanos, la política de las instituciones construidas desde las instituciones. Los procesos electorales giran en torno a figuras individuales e individualizadas, a dispositivos comunicacionales estratégicos (apoyados por la concentración de la propiedad y la gestión de los medios de comunicación), a estrategias de marketing electoral capaces de auscultar preferencias, deseos, aspiraciones, sueños, utopías e intenciones individuales, para convertirlas en objetos comunicacionales de potenciación de cada candidato. No es que los electores dicen lo que quieren y los candidatos escuchan: es que los candidatos dicen lo que los electores quieren oir.

En la época de la globalización de las comunicaciones y de las multitudes inteligentes, resulta cada vez más evidente que la decisión electoral del ciudadano de hoy, por lo tanto, intervienen entonces factores tan diversos como la mayor o menor cercanía (o rechazo) que le producen los candidatos, los atributos más o menos favorables que percibe en ellos, las percepciones anteriores acumuladas que tiene respecto de la política y los políticos, el impacto de los medios de comunicación y las campañas sobre sus preferencias (o en la reafirmación de sus creencias anteriores), el grado de conocimiento (y/0 proximidad) que presentan los candidatos respecto de sus propias creencias.


Fuente: Paradigmas

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