Por Socorro Ramirez
Las elecciones en Chile cierran 20 años de transición después de la dictadura y abren la alternancia de partidos en el poder. Transferir la popularidad nunca es fácil. Menos cuando Frei ya había gobernado, lo que produjo rebelión generacional en la Concertación. Sebastián Piñera, entre el centro y la derecha, tendrá que continuar las políticas exitosas de la Concertación, que, con mayoría en el Senado y peso en la Cámara, tiene la oportunidad de redefinirse como oposición si quiere volver en el 2014, con o sin Bachelet.
En Brasil podría acontecer algo similar, incluso en la hipótesis de que en octubre se confirmen las encuestas que hoy le dan la ventaja al candidato socialdemócrata. En ese caso, el Partido dos Trabalhadores continuaría su acción política desde el Congreso y el poder local, y podría volver a la presidencia.
En Uruguay, Tabaré Vázquez, consecuente con las reglas de juego, rechazó la idea de su reelección desde el 2008, cuando sus partidarios intentaron recoger las firmas para modificar la Constitución. Su candidato fue derrotado en las primarias del Frente Amplio. Ahora, el Frente propone definir la reelección, no para que beneficie al recién elegido José Mujica, sino como posibilidad en el siguiente mandato. En Costa Rica, probablemente el 7 de febrero habrá continuidad de partido, no de presidente.
La salida no traumática de los gobernantes al finalizar su mandato es una regla de la democracia. El cambio de quienes dirigen la política, la inclusión electoral de todos los partidos que representen intereses distintos, su posibilidad real de ser gobierno, el mantenimiento de contrapesos son, además, una muestra de solidez institucional.
Otras coaliciones de la llamada izquierda también han fortalecido la democracia al impulsar reformas y programas para la inclusión social y política. Así lo muestra el 64 por ciento de los votos con los que se vuelve a posesionar Evo Morales. En cambio, líderes más personalistas, como los de Venezuela y Ecuador, intentan refundar sus países a su modo, se han asegurado el control de los poderes públicos, pelean hasta con los fundadores de sus propios movimientos y sindican de conspiración toda oposición o movilización social que no controlan.
En Venezuela, además, el gobernante se ha garantizado reelecciones indefinidas y ha reducido espacios esenciales a la democracia, como se aprecia en el cierre de medios de comunicación y en la interferencia a la actuación de gobernadores y alcaldes de la oposición, pese a que fueron elegidos por mayoría popular. La crisis venezolana, fruto de la mala administración y la corrupción interna así como de la polarización nacional que el mismo Presidente ha promovido, juega en su contra en las próximas elecciones legislativas y pone en riesgo sus apuestas políticas.
Los grupos sociales que participaron en el giro a la izquierda han empezado a presionar por controles democráticos sobre sus presidentes cuyo acceso al poder se derivó, más que de sus méritos, de los errores de los gobiernos que les antecedieron y de la presión de esos amplios sectores históricamente marginados.
De izquierda, centro o derecha, los líderes y partidos que respeten las reglas del juego democrático, ejerzan gobiernos responsables y no se aferren al poder parecen haber llegado a la escena política para permanecer en ella si continúan interpretando los intereses de los sectores que dicen representar. En cambio, aquellos gobernantes que se adhieren al poder a cualquier costo terminarán suscitando reacciones radicales, igualmente nocivas.
¿Qué camino tomará Colombia? Haber sumido al país en una prolongada expectativa sobre una segunda reelección, paralizando el urgente debate sobre posibles alternativas políticas, sumado a las irregularidades del proceso, ha sido irresponsable y nocivo. Eso solo bastaría para rechazar la reelección. Pero, además, el recurso a la voluntad popular y al Estado de opinión, ignorando las reglas de la democracia, termina siendo el argumento que permite su destrucción.
Fuente: El Tiempo
Las elecciones en Chile cierran 20 años de transición después de la dictadura y abren la alternancia de partidos en el poder. Transferir la popularidad nunca es fácil. Menos cuando Frei ya había gobernado, lo que produjo rebelión generacional en la Concertación. Sebastián Piñera, entre el centro y la derecha, tendrá que continuar las políticas exitosas de la Concertación, que, con mayoría en el Senado y peso en la Cámara, tiene la oportunidad de redefinirse como oposición si quiere volver en el 2014, con o sin Bachelet.
En Brasil podría acontecer algo similar, incluso en la hipótesis de que en octubre se confirmen las encuestas que hoy le dan la ventaja al candidato socialdemócrata. En ese caso, el Partido dos Trabalhadores continuaría su acción política desde el Congreso y el poder local, y podría volver a la presidencia.
En Uruguay, Tabaré Vázquez, consecuente con las reglas de juego, rechazó la idea de su reelección desde el 2008, cuando sus partidarios intentaron recoger las firmas para modificar la Constitución. Su candidato fue derrotado en las primarias del Frente Amplio. Ahora, el Frente propone definir la reelección, no para que beneficie al recién elegido José Mujica, sino como posibilidad en el siguiente mandato. En Costa Rica, probablemente el 7 de febrero habrá continuidad de partido, no de presidente.
La salida no traumática de los gobernantes al finalizar su mandato es una regla de la democracia. El cambio de quienes dirigen la política, la inclusión electoral de todos los partidos que representen intereses distintos, su posibilidad real de ser gobierno, el mantenimiento de contrapesos son, además, una muestra de solidez institucional.
Otras coaliciones de la llamada izquierda también han fortalecido la democracia al impulsar reformas y programas para la inclusión social y política. Así lo muestra el 64 por ciento de los votos con los que se vuelve a posesionar Evo Morales. En cambio, líderes más personalistas, como los de Venezuela y Ecuador, intentan refundar sus países a su modo, se han asegurado el control de los poderes públicos, pelean hasta con los fundadores de sus propios movimientos y sindican de conspiración toda oposición o movilización social que no controlan.
En Venezuela, además, el gobernante se ha garantizado reelecciones indefinidas y ha reducido espacios esenciales a la democracia, como se aprecia en el cierre de medios de comunicación y en la interferencia a la actuación de gobernadores y alcaldes de la oposición, pese a que fueron elegidos por mayoría popular. La crisis venezolana, fruto de la mala administración y la corrupción interna así como de la polarización nacional que el mismo Presidente ha promovido, juega en su contra en las próximas elecciones legislativas y pone en riesgo sus apuestas políticas.
Los grupos sociales que participaron en el giro a la izquierda han empezado a presionar por controles democráticos sobre sus presidentes cuyo acceso al poder se derivó, más que de sus méritos, de los errores de los gobiernos que les antecedieron y de la presión de esos amplios sectores históricamente marginados.
De izquierda, centro o derecha, los líderes y partidos que respeten las reglas del juego democrático, ejerzan gobiernos responsables y no se aferren al poder parecen haber llegado a la escena política para permanecer en ella si continúan interpretando los intereses de los sectores que dicen representar. En cambio, aquellos gobernantes que se adhieren al poder a cualquier costo terminarán suscitando reacciones radicales, igualmente nocivas.
¿Qué camino tomará Colombia? Haber sumido al país en una prolongada expectativa sobre una segunda reelección, paralizando el urgente debate sobre posibles alternativas políticas, sumado a las irregularidades del proceso, ha sido irresponsable y nocivo. Eso solo bastaría para rechazar la reelección. Pero, además, el recurso a la voluntad popular y al Estado de opinión, ignorando las reglas de la democracia, termina siendo el argumento que permite su destrucción.
Fuente: El Tiempo
Publicar un comentario en la entrada