Por Guillermo Nares Rodríguez
La medición cuantitativa de conductas humanas es un recurso relativamente nuevo en las Ciencias Sociales, si desde luego, pensamos que los estudios de la sociedad datan de la época clásica.
Los esfuerzos por comprender a la sociedad tienen en el pensamiento griego un primer esfuerzo, múltiple porque la dibujaban desde conocimientos y saberes diversos. Literatura, filosofía, historia, religión, economía, suponían siempre una explicación de lo social. El conocimiento de la sociedad a medida que se complejizó requirió de herramientas metodológicas que le otorgaron menos imprecisión en el estudio de ella.
La medición se incorporó de lleno a las Ciencias Sociales en la primera mitad del siglo XX -si bien los antecedentes se encuentran en la entre guerra- manteniendo como aspiración el modelo que presentaron las ciencias naturales y exactas.
Uno de los textos –clásico- que tiene implicaciones fundamentales para el estudio del comportamiento político es El pueblo elige. Estudio del proceso de formación del voto durante una campaña presidencial, de Paul Lazarsfeld, Bernard Berelson y Hasle Gaudet. Publicado en 1944.
Después de la segunda guerra mundial el mundo científico entró en el hiperfactualismo. El estudio de la conducta –behaviorismo- fue la puerta de entrada. Todo debía medirse. Las encuestas y en general los métodos cuantitativos fueron convertidos en pruebas reinas del conocimiento, influyó su utilidad para el conflicto bélico.
A la fecha, las encuestas y en general todo tipo de estudios cuantitativos, se utilizan con mayor prudencia, especialmente porque desde sus orígenes, las encuestas se encuentran asociadas de modo directo e inevitable a procesos de decisiones de diverso orden. De modo directo e indirecto, consciente o inconscientemente, interesada o desinteresadamente, los resultados de pruebas empíricas arrojan datos, fotografían la realidad, descubren regularidades, susceptibles de ser modificadas. Justo por ser una fotografía del momento adquieren importancia estratégica para los distintos actores sociales, económicos y políticos. No es extraño hoy observar detrás de decisiones gubernamentales, "la mano de una encuesta".
Las olas democráticas (dice Huntington) acabaron por convertir a las encuestas en el principal instrumento de partidos políticos, candidatos y políticos. No es menor su uso. Bien diseñadas otorgan información a los actores políticos sobre las demandas de la sociedad; es notorio el distanciamiento del político profesional y los requerimientos sociales, la encuesta puede ser un principio de comunicación política. Incluso es un excelente instrumento para elegir candidato, definir agendas de campaña electoral, seguir y/o corregir el curso de campaña. Las encuestas permiten ganar o perder elecciones.
Por el alto impacto en la sociedad, sin embargo, el uso de las encuestas oscila entre la responsabilidad y el interés. Como cualquier instrumento de las Ciencias Sociales, las encuestas se convierten en un arma que permite ganar o perder; puede arrojar un dato o bien puede arrojar el dato que queremos que arroje, porque a final de cuentas es diseñada en contextos humanos específicos. Es decir puede ser elaborada y publicitados sus resultados conforme a intereses determinados que, potencialmente pueden orientar –influir- en conductas y decisiones. Cuando de modo ex profeso son diseñadas para orientar conductas, priva el interés sobre la responsabilidad; pierde su valor como instrumento de investigación y se convierte en un recurso más de convicciones o intereses. Si esto ocurre en el mercado, por ejemplo, no representa mayores problemas. Si ocurre en la política, desde luego que representa dilemas de orden ético para el encuestador. En política hablamos de toma de decisiones que afectan a ciudadanos.
Sin embargo hasta hoy no tenemos en las Ciencias Sociales mayores controles que aquellos derivados de la libertad positiva en el uso y abuso de las encuestas. En sí mismas no otorgan mayores elementos para separar diseños interesados de los que no lo son. Es obvio, dependen de la responsabilidad profesional del encuestador, de su ética.
Queda una lección: otorgar a las encuestas electorales el lugar que merecen. No son todo en política, esta es de mayor complejidad. Tampoco son desdeñables, siempre y cuando los resultados retraten la realidad, ¿Cómo saberlo? Contrastando. Nunca una segunda opinión será mala. En política, cuando la competitividad electoral es creciente, vale la pena considerar resultados reales.
Fuente: E Consulta
La medición cuantitativa de conductas humanas es un recurso relativamente nuevo en las Ciencias Sociales, si desde luego, pensamos que los estudios de la sociedad datan de la época clásica.
Los esfuerzos por comprender a la sociedad tienen en el pensamiento griego un primer esfuerzo, múltiple porque la dibujaban desde conocimientos y saberes diversos. Literatura, filosofía, historia, religión, economía, suponían siempre una explicación de lo social. El conocimiento de la sociedad a medida que se complejizó requirió de herramientas metodológicas que le otorgaron menos imprecisión en el estudio de ella.
La medición se incorporó de lleno a las Ciencias Sociales en la primera mitad del siglo XX -si bien los antecedentes se encuentran en la entre guerra- manteniendo como aspiración el modelo que presentaron las ciencias naturales y exactas.
Uno de los textos –clásico- que tiene implicaciones fundamentales para el estudio del comportamiento político es El pueblo elige. Estudio del proceso de formación del voto durante una campaña presidencial, de Paul Lazarsfeld, Bernard Berelson y Hasle Gaudet. Publicado en 1944.
Después de la segunda guerra mundial el mundo científico entró en el hiperfactualismo. El estudio de la conducta –behaviorismo- fue la puerta de entrada. Todo debía medirse. Las encuestas y en general los métodos cuantitativos fueron convertidos en pruebas reinas del conocimiento, influyó su utilidad para el conflicto bélico.
A la fecha, las encuestas y en general todo tipo de estudios cuantitativos, se utilizan con mayor prudencia, especialmente porque desde sus orígenes, las encuestas se encuentran asociadas de modo directo e inevitable a procesos de decisiones de diverso orden. De modo directo e indirecto, consciente o inconscientemente, interesada o desinteresadamente, los resultados de pruebas empíricas arrojan datos, fotografían la realidad, descubren regularidades, susceptibles de ser modificadas. Justo por ser una fotografía del momento adquieren importancia estratégica para los distintos actores sociales, económicos y políticos. No es extraño hoy observar detrás de decisiones gubernamentales, "la mano de una encuesta".
Las olas democráticas (dice Huntington) acabaron por convertir a las encuestas en el principal instrumento de partidos políticos, candidatos y políticos. No es menor su uso. Bien diseñadas otorgan información a los actores políticos sobre las demandas de la sociedad; es notorio el distanciamiento del político profesional y los requerimientos sociales, la encuesta puede ser un principio de comunicación política. Incluso es un excelente instrumento para elegir candidato, definir agendas de campaña electoral, seguir y/o corregir el curso de campaña. Las encuestas permiten ganar o perder elecciones.
Por el alto impacto en la sociedad, sin embargo, el uso de las encuestas oscila entre la responsabilidad y el interés. Como cualquier instrumento de las Ciencias Sociales, las encuestas se convierten en un arma que permite ganar o perder; puede arrojar un dato o bien puede arrojar el dato que queremos que arroje, porque a final de cuentas es diseñada en contextos humanos específicos. Es decir puede ser elaborada y publicitados sus resultados conforme a intereses determinados que, potencialmente pueden orientar –influir- en conductas y decisiones. Cuando de modo ex profeso son diseñadas para orientar conductas, priva el interés sobre la responsabilidad; pierde su valor como instrumento de investigación y se convierte en un recurso más de convicciones o intereses. Si esto ocurre en el mercado, por ejemplo, no representa mayores problemas. Si ocurre en la política, desde luego que representa dilemas de orden ético para el encuestador. En política hablamos de toma de decisiones que afectan a ciudadanos.
Sin embargo hasta hoy no tenemos en las Ciencias Sociales mayores controles que aquellos derivados de la libertad positiva en el uso y abuso de las encuestas. En sí mismas no otorgan mayores elementos para separar diseños interesados de los que no lo son. Es obvio, dependen de la responsabilidad profesional del encuestador, de su ética.
Queda una lección: otorgar a las encuestas electorales el lugar que merecen. No son todo en política, esta es de mayor complejidad. Tampoco son desdeñables, siempre y cuando los resultados retraten la realidad, ¿Cómo saberlo? Contrastando. Nunca una segunda opinión será mala. En política, cuando la competitividad electoral es creciente, vale la pena considerar resultados reales.
Fuente: E Consulta
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