Por Martín Santivañez Vivanco.
Barack Obama, presidente de la nación más poderosa del planeta y Premio Nobel de la Paz, ha decidido enviar 30 mil soldados norteamericanos al lejano país de Afganistán con el fin de liquidar la guerra religiosa desatada por el fundamentalismo islámico. Las razones estratégicas y los motivos tácticos pueden o no ser discutibles. Eso conviene dejarlo a la razón superior de los altos mandos militares. Sin embargo, políticamente, es condenable el doble discurso que maneja el ejecutivo demócrata cuando apela a la “seguridad común del mundo” cuando se trata de reforzar sus posiciones en Asia mientras abandona a su suerte a Latinoamérica, hoy amenazada por el cesarismo burocrático de la rampante revolución bolivariana.
La “seguridad común del mundo” a la que apela el Presidente Obama es una razón de geopolítica internacional del más alto nivel. Y, como todo concepto global, precisa de equilibrios firmes, ciertos, mensurables. La delicada situación a la que tiene que enfrentarse EEUU en Asia es consecuencia, en gran medida, de una falta de previsión y de ese “buenismo” posmoderno que debilitó hasta la saciedad el poder norteamericano en la región. Algo parecido se está llevando a cabo en Latinoamérica. Estados Unidos no ha aprendido ninguna lección de sus errores asiáticos.
El repliegue fáctico del poder estadounidense ha permitido que resurjan en Latinoamérica diversos caudillos populistas entregados al discurso neomarxista y a la praxis radical. Es, por cierto, un afán disfuncional, anarquista y antidemocrático, que mueve a los políticos de esta “emergencia plebeya”, en pos del viejo anhelo deconstructor de instituciones que caracteriza al comunismo guevarista pro cubano. No es pues un cambio en el modelo ideológico. Se trata, más bien, de una nueva estrategia electoral que pretende entronizar los viejos dogmas del comunismo latinoamericano. El conjunto de medidas implementadas por la nueva izquierda latinoamericana adscrita al cesarismo progresista ha dado resultado. Y seguirá triunfando. Los estandartes de la revolución se multiplican, ante la inercia de unas elites económicas incapaces de generar y aplicar políticas redistributivas eficaces que aminoren la enorme brecha de la desigualdad. Si bien la auctoritas estadounidense se mantiene, la percepción de que hemos pasado a ser los grandes olvidados de la política internacional de Washington ha facilitado la expansión de un pensamiento radical y disolvente que pretende confrontar Latinoamérica con la joven patria de Lincoln.
Son, por supuesto, muchas más las cosas que nos unen. No sólo en el plano económico, también en el cultural y en el político. La vieja polarización arielista entre el Calibán anglosajón y el Ariel latinoamericano hoy no tiene una base sólida y pese a la diferencia de caracteres, la impronta latina en los EEUU terminará por configurar, como en todas partes en las que está presente, una auténtica síntesis viviente que acrisole una sociedad mestiza, grande y poderosa en la que todos podamos vivir en paz. Para ello, el gobierno norteamericano, fiel a la vieja tradición de la libertad, debe prolongar por todos los medios legales su defensa de la democracia en el continente americano. No sólo con discursos vacuos y etéreos propios del marketing político. También con acciones serias que pasan por ayudar directamente a aquellos movimientos que apuestan por la regeneración del pensamiento de centro-derecha con un componente popular, no populista. Es posible y deseable que nuevos partidos políticos latinoamericanos aspiren a transformar las viejas estructuras con un discurso moderno, asequible a las masas fatigadas de intervencionismo, estatolatría y corrupción.
El fundamentalismo religioso es un peligro para la convivencia global. Pero también lo es el radicalismo ideológico basado en un odio visceral a la democracia en tanto sistema de gobierno. No todo debe combatirse con armas. Aunque siempre, cuando las bases de la convivencia peligren, se ha de presentar batalla. El futuro de la libertad latinoamericana y el rumbo político de todo un continente está en juego. Mal hará el obamismo pacifista si renuncia a ejercer, con humildad, su papel mediador, y se retrae a sus intereses asiáticos y europeos. La democracia latinoamericana necesita la lealtad de sus aliados. Los Estados Unidos ni pueden ni deben fallar.
Martín Santiváñez Vivanco es Director del Center for Latin American Studies de la Fundación Maiestas y miembro correspondiente de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas de España.
Fuente: The Americano
Barack Obama, presidente de la nación más poderosa del planeta y Premio Nobel de la Paz, ha decidido enviar 30 mil soldados norteamericanos al lejano país de Afganistán con el fin de liquidar la guerra religiosa desatada por el fundamentalismo islámico. Las razones estratégicas y los motivos tácticos pueden o no ser discutibles. Eso conviene dejarlo a la razón superior de los altos mandos militares. Sin embargo, políticamente, es condenable el doble discurso que maneja el ejecutivo demócrata cuando apela a la “seguridad común del mundo” cuando se trata de reforzar sus posiciones en Asia mientras abandona a su suerte a Latinoamérica, hoy amenazada por el cesarismo burocrático de la rampante revolución bolivariana.
La “seguridad común del mundo” a la que apela el Presidente Obama es una razón de geopolítica internacional del más alto nivel. Y, como todo concepto global, precisa de equilibrios firmes, ciertos, mensurables. La delicada situación a la que tiene que enfrentarse EEUU en Asia es consecuencia, en gran medida, de una falta de previsión y de ese “buenismo” posmoderno que debilitó hasta la saciedad el poder norteamericano en la región. Algo parecido se está llevando a cabo en Latinoamérica. Estados Unidos no ha aprendido ninguna lección de sus errores asiáticos.
El repliegue fáctico del poder estadounidense ha permitido que resurjan en Latinoamérica diversos caudillos populistas entregados al discurso neomarxista y a la praxis radical. Es, por cierto, un afán disfuncional, anarquista y antidemocrático, que mueve a los políticos de esta “emergencia plebeya”, en pos del viejo anhelo deconstructor de instituciones que caracteriza al comunismo guevarista pro cubano. No es pues un cambio en el modelo ideológico. Se trata, más bien, de una nueva estrategia electoral que pretende entronizar los viejos dogmas del comunismo latinoamericano. El conjunto de medidas implementadas por la nueva izquierda latinoamericana adscrita al cesarismo progresista ha dado resultado. Y seguirá triunfando. Los estandartes de la revolución se multiplican, ante la inercia de unas elites económicas incapaces de generar y aplicar políticas redistributivas eficaces que aminoren la enorme brecha de la desigualdad. Si bien la auctoritas estadounidense se mantiene, la percepción de que hemos pasado a ser los grandes olvidados de la política internacional de Washington ha facilitado la expansión de un pensamiento radical y disolvente que pretende confrontar Latinoamérica con la joven patria de Lincoln.
Son, por supuesto, muchas más las cosas que nos unen. No sólo en el plano económico, también en el cultural y en el político. La vieja polarización arielista entre el Calibán anglosajón y el Ariel latinoamericano hoy no tiene una base sólida y pese a la diferencia de caracteres, la impronta latina en los EEUU terminará por configurar, como en todas partes en las que está presente, una auténtica síntesis viviente que acrisole una sociedad mestiza, grande y poderosa en la que todos podamos vivir en paz. Para ello, el gobierno norteamericano, fiel a la vieja tradición de la libertad, debe prolongar por todos los medios legales su defensa de la democracia en el continente americano. No sólo con discursos vacuos y etéreos propios del marketing político. También con acciones serias que pasan por ayudar directamente a aquellos movimientos que apuestan por la regeneración del pensamiento de centro-derecha con un componente popular, no populista. Es posible y deseable que nuevos partidos políticos latinoamericanos aspiren a transformar las viejas estructuras con un discurso moderno, asequible a las masas fatigadas de intervencionismo, estatolatría y corrupción.
El fundamentalismo religioso es un peligro para la convivencia global. Pero también lo es el radicalismo ideológico basado en un odio visceral a la democracia en tanto sistema de gobierno. No todo debe combatirse con armas. Aunque siempre, cuando las bases de la convivencia peligren, se ha de presentar batalla. El futuro de la libertad latinoamericana y el rumbo político de todo un continente está en juego. Mal hará el obamismo pacifista si renuncia a ejercer, con humildad, su papel mediador, y se retrae a sus intereses asiáticos y europeos. La democracia latinoamericana necesita la lealtad de sus aliados. Los Estados Unidos ni pueden ni deben fallar.
Martín Santiváñez Vivanco es Director del Center for Latin American Studies de la Fundación Maiestas y miembro correspondiente de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas de España.
Fuente: The Americano
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