Sobre la actualidad de Maquiavelo

Por Claudio García

Se sabe que muchos gobernantes han acudido a Maquiavelo para aprender algunas artes de astucia política. Y que usualmente se utiliza el término ‘maquiavelismo’ para definir aquellas acciones o estrategias basadas en el más crudo realismo político. “Todo es ilusión, menos el poder”, escribió por ahí Lenín. Generalmente los dirigentes que han buceado en Maquiavelo - imbuídos de la convicción de aquella frase del revolucionario ruso- lo han hecho para encontrar alguna guía que permita llegar al poder o mantenerlo una vez que se ha logrado esa meta.

Como dijo Gramnsci no valen para el análisis de El Príncipe “interpretaciones moralistas”. Max Weber separó la "ética de la fe", que pone como prioridad de la acción política a la moral, la preeminencia de los medios sobre los fines, de la "ética de la responsabilidad", que privilegia el pragmatismo sobre la moral política, los fines más que los medios. Los que buscan recetas en Maquiavelo se paran generalmente del lado de la "ética de la responsabilidad". La práctica política bajo el sustratum del poder por el poder mismo o aquel otro latiguillo de que el fin justifica los medios. Maquiavelo, en fin, fue el primero en teorizar sobre la separación de la ciencia política de la moral y la religión. Que la política no puede atender ninguna consideración teórica o juicio moral por fuera de la realidad. Maquiavelo, no obstante, tuvo una gran virtud: decir la verdad. Quizás tuvo razón Rousseau al considerar al autor de El Príncipe un demócrata que no hacía la apología del absolutismo, los patrones de conducta de César Borgia –hijo del Papa Alejandro VI-, sino que sacaba a la luz sus mecanismos perversos. Como escribió Juan José Sebreli: “La moral de Maquiavelo resultaba de mostrar la inmoralidad”. Sabemos que el realismo político de Maquiavelo cunde en gran parte de nuestra clase política y también en la de cualquier lugar del mundo. Pero algunas enseñanzas del florentino son más visibles que otras. El hecho de la prioridad que ya todos los partidos le otorgan al Márketing Político marca claramente la vigencia de una de las principales recomendaciones de Maquiavelo en su “Discursos sobre la década de Tito Livio”: “Una cosa se dice en la plaza, otra en palacio". Frase que quizás resume el trabajo de los consultores, los equipos de campaña con redactores de discursos, asesores de imágenes y comunicadores sociales: hacerle decir al candidato lo que la gente quiere escuchar, para dejar tras bambalinas lo que realmente se va a hacer en caso de ganar. Políticos obligados a adaptarse al discurso que, de acuerdo a las encuestas, tiene más consenso. Qué importa aquel lema de Alem: ¡Que se rompa, pero que no se doble!" O aquella confesión de Perón: “La primera regla que yo cumplí fue decir la verdad y actuar sincera y lealmente, porque sabía que la masa estaba descorazonada por falta de sinceridad y de lealtad, y por la mentira permanente con que habían procedido los que habían actuado antes que yo”. Más allá que Perón haya basado también mucho de su ‘doctrina’ en la lectura de Maquiavelo, y por eso escribió “el conductor no persigue nada más que una cosa: la victoria”, lo cierto es que uno mira con cierta nostalgia aquellos años en que gran parte de los políticos le daban más importancia a expresar su pensamiento, al ‘qué decir’ y no al ‘cómo decir’ que caracteriza al Márketing Político. Pero no. Lo que vale actualmente es la preeminencia de la imagen, de los medios audiovisuales, de la llamada videopolítica. Las ideas son reemplazadas por las imágenes. La forma, el cómo decir, reemplaza a la sustancia, al qué decir. Ya no sólo aquello de: “Una cosa se dice en la plaza, otra en palacio”, sino, parafraseando a Maquiavelo: “Una cosa se muestra en la plaza, otra en palacio”.

Maquiavelo también escribió en El Príncipe un consejo que caracteriza al accionar de los asesores de imagen sobre los candidatos: “No es necesario que un príncipe posea todas las virtudes… pero conviene que él aparente poseerlas”. Sabemos por la historia reciente y no tan reciente de nuestro país cómo nos vendieron ciertas virtudes de un político, un gobernador, un presidente, que en realidad resultaron ser falsas. Por suerte muchas veces la cruda realidad se termina imponiendo y aquellos dirigentes que parecían valientes, lúcidos o probos quedaron ante la opinión pública mostrando su verdadera cara, la de cobardes, ignorantes o corruptos. Por algo Napoleón, en sus notas sobre El Príncipe, acotó sobre el consejo que hemos reproducido que “sólo los necios creen que este consejo es para todos”.

Para terminar con alguna otra reflexión que surge de la lectura de Maquiavelo vale citar una línea de pensamiento de Gramnsci que surge del estudio que hizo de El Príncipe. Gramnsci partía de la concepción de Maquiavelo de la separación entre el ‘ser’ y el ‘deber ser’, es decir, el príncipe debe crear nuevas relaciones de fuerzas que le permitan mantener el poder y por eso debe ocuparse del ‘ser’, la weberiana ética de la responsabilidad por sobre la ética de la fe. Pero planteaba que el ‘ser’ y el ‘deber ser’ no deben ser términos antagónicos, de manera que sobre ‘el realismo excesivo’ se deben buscar también líneas de acción que no necesariamente sean garantía de una realidad inmediata. El dilema planteado por Maquiavelo, el ‘ser’ o el ‘deber ser’, y por Weber, la ‘ética de la fe’ o la ética de la responsabilidad,’ puede tener una respuesta democrática en base a la reflexión de Gramnsci: aunque constituya una utopía inalcanzable la total identidad entre moral y política, se puede tratar “de aproximarse lo más posible”, como escribió Sebreli. Lo que para la sociedad civil, no ya para el príncipe, implique tratar de imponer reglas y restricciones que permitan controlar y limitar los elementos de inmoralidad inherentes a toda práctica política.

Fuente: APP

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