¿Sirve el ‘marketing’ electoral en Colombia?

Por Dagoberto Páramo M.

No hay duda que los postulados del marketing han sido aplicados en las contiendas electorales con gran éxito en el mundo entero. Apoyados en el debate de las ideas y buscando la persuasión de los potenciales electores, los partidos y movimientos políticos de los países con democracias maduras y serias han aprovechado los beneficios que una concepción e implementación contextual siempre proporcionan.

Lo primero que han aprendido los líderes políticos es que el producto político que van a mercadear está conformado por el programa propuesto, el candidato y sus características personales, y la plataforma ideológica y política del partido al que se pertenece.

Han asimilado la necesidad de estudiar, analizar y comprender las realidades sociales de los ciudadanos que reclaman la solución de su cotidiana problemática. Han identificado cada uno de los diferentes segmentos de mercado electoral involucrados para estructurar un discurso y una propuesta que al estar en sintonía con cada uno de ellos, han conquistado su voto libre y consciente.

Les han dedicado pocos esfuerzos a los mercados fieles; sus miembros, familiares y amigos, están convencidos por su cercanía. Les han hablado al oído a los integrantes del mercado seguidor para recordarles que ellos son sus líderes, a quienes se debe seguir no importa lo que hagan o dejen de hacer. Han gastado mucha energía en busca de ganarse la gran franja de indecisos que nunca saben por quiénes van a votar. Han concentrado parte de su tiempo en persuadir a los del mercado oscilante que cambian de parecer de acuerdo con circunstancias de coyuntura. Han trabajado con insistencia el gran mercado abstencionista que sea por desconfianza en el régimen político o por convicción ideológica no escuchan las promesas de los políticos de profesión.

También han aprendido a conocer los programas de sus competidores y a debatirlos en el plano de la argumentación y la contrastación de planteamientos y a veces de visiones de mundo.

Sin embargo, como todos sabemos, en Colombia estas prácticas de los estrategas de campaña no pasan de ser una quimera. Se han acostumbrado estos ‘prohombres’ a la politiquería más ramplona, a la ya descarada corrupción, a la compra de votos y ahora hasta de la inscripción electoral, a la marrulla, a la triquiñuela.

Es bajo esta perspectiva que es posible dimensionarse –no explicarse, por supuesto y, menos justificarse– los titulares de periódicos en relación con el creciente costo de una campaña electoral. Ya las ideas no importan, ahora es el dinero el que persuade, el que determina el ganador. ¿Para qué adelantar una discusión de argumentos sobre plataformas políticas y programas de gobierno si todo se compra? ¿Qué importa conocer el pensamiento del contradictor político y desarrollar una estrategia de marketing para ganar una elección si es el ingenio corruptor del candidato el que cuenta? ¿Qué sentido tiene estructurar una campaña política de conquista de votantes si las conciencias son comprables como cualquier mercancía?

Por ello, los expertos en marketing electoral y marketing político, poco o nada es lo que pueden hacer en estos tiempos de enormes dificultades en el país. Hasta en esto andamos enredados, y después dicen que la democracia se ha profundizado.

Fuente: El Heraldo

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