Por Rodrigo Ros
En sólo cuatro décadas, el rol de los representantes políticos, la adscripción de los ciudadanos al territorio y la participación ciudadana en los asuntos de interés común, han sufrido una caída libre sin precedentes en la historia moderna.
En el origen de esta nueva situación se encuentran el triunfo de la sociedad de consumo, de las lógicas financieras y de un presente construido sobre las bases de un proyecto de comunidad global, entre otros. En este contexto vale la pena preguntarse ¿Qué valores orientan los comportamientos de la ciudadanía y sus representantes? Y finalmente ¿Qué lugar ocupa el debate político dentro de estas sociedades?
Con la década del ‘70 comienza, para los Estados Unidos, un giro en la historia de las elecciones presidenciales. Con el desarrollo del marketing político surgido del acuerdo entre el sector publicitario y las necesidades de promoción de la clase dirigente, los representantes políticos de este país acceden a una de las más imbatibles armas de persuasión masiva. Ya en 1952, y en este país que se sabe sin duda pionero en la materia, el general Dwight Eisenhower se convertía en el primer candidato presidencial en recurrir a los servicios de una agencia publicitaria para su campaña televisiva, dando inicio a un modus operandi que, de allí en más, sería aceptado por todos casi de forma axiomática.
Los principios del marketing político se exportarán casi de inmediato a toda Europa Occidental, donde varios de los candidatos presidenciales no dudarán, ya desde esa década de los ’70, en someterse a los consejos en comunicación made in USA ¿La estrategia?
Un verdadero lifting de todo el sector político que operará un cambio lento pero inexorable hacia fines del siglo XX. Así, por ejemplo, el candidato a la presidencia Valéry Giscard D’Estaing proclamaría ya por 1974: "espero que esta campaña sea la más libre de todas, y cuando digo libre, me refiero tanto al tono como a la forma, ya que creo que en la vida política francesa hay algo de inútilmente rígido, de artificial.
Es por esto que espero hacer de mi campaña algo más libre, más distendido, más adecuado al estilo de nuestra vida política actual". Las escenas televisivas de la época resultarían en este sentido, ejemplares: partidos de fútbol entre camaradas del gobierno local; entrevistas a torso desnudo en los camarines; paseos en familia a la orilla del mar. En suma, una estrategia que, como señalaba el propio Giscard D’Estaing, buscaría romper con el viejo "ejercicio solitario del poder", en referencia a su predecesor Charles de Gaulle.
Con la caída del muro de Berlín, hace exactamente 20 años, el mundo asiste al triunfo del discurso actualmente hegemónico y al advenimiento de una nueva era caracterizada por la sociedad de consumo y el liberalismo económico. De la utopía socialista a la utopía del libre mercado. "Hoy en día comprendemos sin embargo - señala el filósofo solveno Slavoj Zizek- que el período utópico por excelencia fue, en realidad, la década de los 90’ y su creencia en una humanidad que había por fin encontrado la fórmula socioeconómica ideal".
Hacia fines de los ‘90 ya había surgido el personal branding, reflejo indisociable de los valores de una sociedad cada vez más centrada en la importancia del éxito individual y de la proyección de la propia imagen. Personal branding, es decir, el arte y la manera de crear y promover la propia imagen profesional, administrando la reputación y la percepción que los demás deben tener sobre uno. Un poco al estilo de las redes sociales de nuestros días con Facebook a la cabeza.
Un arte cada vez más complejo, apoyado en años de experiencia del sector publicitario, de los focus group, de los estudios de mercado, de la sociología y, por qué no, de la industria del entretenimiento llamada a aportar los efectos milagrosos del star-system al paroxismo de una sociedad obnubilada por la imagen. De todo esto comenzaría a alimentarse una clase política cada vez más próxima del debate televisivo que del parlamentario.
Paradójicamente, y al compás del refinamiento de las técnicas publicitarias, es el sector político en su conjunto quien comienza a perder peso y brillo dentro de una esfera pública en la cual, después de todo, alguien debía advertirlo, el fuego fatuo de los proyectores se había sumado al del control remoto para quemar la función pública y sus tiempos.
Luego, privatización y liberalización de los mercados mediante, serán el propio Estado y sus representantes los que quedarán al margen de la esfera pública.
Mundialización obliga, la adscripción territorial e identitaria de la clase política parece no dar cuenta de la complejidad del mundo en que vivimos. Su discurso, acusado de anacrónico u obsoleto, es relegado a la última línea de los intereses de la opinión pública. Así, mientras la incertidumbre se transforma en certeza, los representantes políticos, acorralados, devienen simples auditores del quehacer económico. Son tiempos ingratos para una clase en decadencia.
Mientras tanto, una nueva clase política crece y se alimenta bajo el signo de la eficiencia económica. Así en Europa los Estados no podrán sostener muy largamente el deseo de providencia, y las garantías sociales serán reemplazadas por las obligaciones financieras.
Los representantes políticos deben ser capaces de adaptarse y comprender las necesidades de la cartera de inversores, últimos garantes, en definitiva, de las promesas asumidas por los consejos de administración. Y es que la rentabilidad ya no rima con la defensa de las minorías.
El "acceso" a los derechos fundamentales (en particular la salud, la educación y la seguridad) ya no constituyen una prioridad de las políticas estatales. En este contexto, dominar el lenguaje de las finanzas es comprender la lógica de los procesos políticos del mañana.
Al mismo tiempo, la sociedad en su conjunto se transforma también. El mundo cambia, las fuerzas políticas cambian, los partidos políticos cambian. La izquierda se debilita, pierde el pie, hace agua allí donde el debate no incluye los principios de la justicia social, de la emancipación, de la igualdad de derechos, del derecho a la educación, a la salud... Como si la justicia social hubiese perdido de golpe algo de su actualidad. Y es que la agenda viene preacordada ahora por los propios medios de comunicación. Por estos medios que, a su turno, forman parte ahora también de los procesos financieros.
Así, hablar de política supone hoy en día hablar, ante todo, de dinero. Al menos así lo expresa la joven cineasta alemana Nicolette Krebitz en un reciente debate televisivo difundido en la cadena Arte acerca del cine político. "Entre mis amigos no parece muy atinado hablar de política. Hablar de política es hablar de dinero, de cuánto gana quién y qué tipo de vida puede darse uno. Son temas incómodos que no resultan adecuados para hablar un sábado a la noche".
La premisa del debate animado por la escritora alemana Thea Dorn, se resume en una serie de preguntas lanzadas al inicio de la emisión: "¿Qué quiere decir al comienzo del siglo XXI realizar filmes que no persigan las lágrimas, que no busquen la risa o una descarga de adrenalina, sino que intenten además estimular la conciencia política de los espectadores? ¿Tenemos realmente necesidad de ese tipo de películas? Y si la respuesta es sí ¿cuáles son? ¿Cuál es hoy en día el lugar para un cine de compromiso político dentro del séptimo arte? ¿Cuál puede ser su influencia dentro del discurso social? ¿El cine de autor tiene chances de sobrevivir en los márgenes del gran cine de entretenimiento? ¿Nuestra visión de la historia y de la sociedad no están dictadas acaso por las superproducciones de Hollywood?".
Las preguntas, no casuales, alertan sobre la indiferencia reinante de una sociedad que se siente al margen de las decisiones políticas y económicas. Un malestar profundo, una desconfianza latente y una subestimación crónica de los procesos políticos se instala en este occidente tan aferrado, por tanto, a los valores republicanos. Y si el contrapeso de la ciudadanía no opera sobre las decisiones políticas de una nación, los peligros del abuso de poder se materializan tarde o temprano. Así, la autorregulación del mercado y las encuestas de satisfacción sustituyen a la necesidad de consulta popular. La cuestión de la justicia social es desplazada por los índices de consumo, y el debate político por el poder de compra.
Paralelamente a todo esto, es la comunidad toda en su inscripción territorial y temporal la que se va desdibujando. Las fronteras se diluyen y con ellas el sentimiento de pertenencia. La noción misma de identidad se pierde en un todo virtual y multiforme, mientras alguien nos indica que hemos pasado a ser habitantes de una "aldea global". Así, el tiempo se eterniza suspendido en un espacio virtual que va re-emplazando al espacio público. Borrado de este modo el tejido social, la metáfora del cuerpo (social) vivo se pierde, remplazada como parece por la eficacia pragmática del flujo binario.
Asistimos de este modo a una nueva etapa de transformaciones en la historia de la esfera política. Driss Abbassi, historiador e investigador del Centre National de la Recherche Scientifique (CNRS) nos habla de una privatización de la esfera política caracterizada por una serie de mutaciones. En un artículo publicado hace algunos días por Le Monde, analiza un escándalo de la escena política doméstica francesa que tuvo recientemente gran repercusión dentro y fuera de la prensa nacional.
Jean Sarkozy, hijo del actual presidente francés, es elegido presidente del EPAD, uno de los centros más importantes de las finanzas europeas. Las críticas y los debates ocupan rápidamente la agenda de todos los medios, y en la escena pública y privada se exigen explicaciones. Todo esto obliga al joven de 23 años a renunciar al cargo días más tarde y ofrecer sus excusas en directo desde el informativo central.
Los debates, protagonizados por las denuncias de nepotismo y de la mala gestión de los recursos financieros del Hexágono, despiertan la indignación de la opinión pública (y no a la inversa). Pero entre tanto ruido, Driss Abbassi se pregunta si finalmente este malestar de la sociedad, más allá de las polémicas suscitadas, no respondería en definitiva a la preconciencia colectiva de que, después de todo, la carrera política del siglo XXI no es más que una actividad económica dentro de una esfera política: "¿Qué sentido le damos al acto electoral desde el momento en que comprendemos que, finalmente, el voto ciudadano no es otra cosa que una forma de elección entre candidatos que aspiran a una carrera económica de tipo política, sin importar que ésta se obtenga en nombre de valores inmateriales tan cargados de valor como la pertenencia al territorio, la promoción de la identidad colectiva o incluso la defensa de los valores democráticos?".
Crisis de representación, pérdida de injerencia del sector político en los asuntos de interés común, creciente indiferencia por parte de la sociedad, desdibujamiento del cuerpo social, exacerbación de las bondades de las sociedades de consumo, el rol del representante en tanto guardián del "bien común" se ocluye, multiplicándose aquí y allá la certeza del vacío, del abandono. Huérfana de todo acervo, la sociedad sufre más que nunca de una profunda crisis de identidad, que es también una crisis moral. En tiempos de globalización, las sociedades ya no se reconocen a sí mismas ¿Cómo no asociar este contexto al temible resurgimiento de los nacionalismos de extrema derecha?
Y lo cierto es que ya son varios los episodios de abandono por parte de un sector político que toma cada vez más distancia de los asuntos de interés común. Uno de los ejemplos más cercanos en fecha y en repercusión es la reciente crisis financiera.
Luego de una semi-nacionalización de los principales bancos e industrias afectados por esta crisis, podría decirse que los representantes políticos de las grandes potencias lograban por fin recuperar algo del brillo perdido.
El mundo pedía a gritos que alguien tomara al toro por las astas, y un elenco sin precedentes conformado por el carismático Nicolas Sarkozy, la nueva estrella de masas Barack Obama, y la infatigable canciller alemana Angela Merkel, entre otros, aparecían en escena. Por fin, y ante el mundo entero, el liberalismo económico mostraba sus limitaciones, el mercado sus injusticias, y las finanzas su arrogancia sin límites.
Reunido en Londres, el G20 recuperaba así luego de tanto tiempo, un protagonismo inusitado, caracterizado por el anuncio de acciones espectaculares tendientes a la resolución de una crisis financiera que se reconocía así por primera vez como un asunto planetario. Se diría casi un reencuentro entre viejos veteranos de guerra, orgullosos de vestir aún hoy sus uniformes y de contribuir a la humilde tarea de escribir la Historia.
Con un crédito inesperado (o deberíamos decir desesperado) de un billón de dólares gestionados por el Fondo Monetario Internacional, el G20 acordaba lo que Dominique Strauss-Kahn, director general del FMI, definía como "el mayor plan conjunto de reactivación jamás anunciado". Dentro de las medidas, la lucha contra los paraísos fiscales, la creación de una superagencia reguladora y varias propuestas menores tendientes a la corrección del sistema financiero.
Sólo seis meses más tarde (y a años luz de las discusiones acerca de la crisis alimentaria que todavía afecta a la población mundial) los representantes políticos de las 20 naciones más poderosas del mundo volvían a reunirse. El sueño de una puesta en relieve del sector político se caía a pedazos en la fría ciudad de Pittsburg. Cancerberos de la única y verdadera fuerza de regulación política y económica del siglo XXI, la de las finanzas, los reunidos confirmaron, para decepción de los que aún pregonaban la vuelta del viejo Keynes, que la puesta en escena no había sido más que una muestra de las limitaciones del poder político actual. "Buenos augurios" y varios anuncios menores de rigor fueron el resultado de un encuentro que podría ser juzgado en el mejor de los casos, de mediocre.
El periodista Pierre-Antoine Delhommais resumía de esta forma los acontecimientos de las últimas semanas: "Las ‘nacionalizaciones’ bancarias no han sido más que cortos paréntesis, cerrados rápidamente sin que nadie se ofusque (...) Pobre Karl! Veinte años después de la caída del muro de Berlín, con la crisis de las subprimes a la cual asistimos, es la segunda muerte del socialismo".
Mientras se escriben estas líneas, nuevos muros están siendo levantados. Entre Israel y Cisjordania, alrededor de la Unión Europa, en la frontera entre México y los Estados Unidos e incluso, como lo señala una vez más Slavoj Zizek, al interior de los propios Estados. En medio del mundo que nos toca vivir, finalmente, no parece tan extraño que reine la indiferencia.
Y aunque el futuro y la continuidad de una clase política representativa parecen, así, íntimamente ligados a la defensa de los principios de la justicia social, el desafío consiste en encontrar una voz propia en un mundo cada vez más complejo, dominado por el discurso de los medios de comunicación y de las lógicas financieras. Utiles fantásticos del siglo XXI, las nuevas tecnologías deberían contribuir al diálogo, al fortalecimiento de la democracia, estimulando la participación ciudadana y no lo contrario.
Como sea, son tiempos difíciles para las clases políticas del mundo, cierto, pero también y mucho más dolorosamente, para su gente.
En sólo cuatro décadas, el rol de los representantes políticos, la adscripción de los ciudadanos al territorio y la participación ciudadana en los asuntos de interés común, han sufrido una caída libre sin precedentes en la historia moderna.
En el origen de esta nueva situación se encuentran el triunfo de la sociedad de consumo, de las lógicas financieras y de un presente construido sobre las bases de un proyecto de comunidad global, entre otros. En este contexto vale la pena preguntarse ¿Qué valores orientan los comportamientos de la ciudadanía y sus representantes? Y finalmente ¿Qué lugar ocupa el debate político dentro de estas sociedades?
Con la década del ‘70 comienza, para los Estados Unidos, un giro en la historia de las elecciones presidenciales. Con el desarrollo del marketing político surgido del acuerdo entre el sector publicitario y las necesidades de promoción de la clase dirigente, los representantes políticos de este país acceden a una de las más imbatibles armas de persuasión masiva. Ya en 1952, y en este país que se sabe sin duda pionero en la materia, el general Dwight Eisenhower se convertía en el primer candidato presidencial en recurrir a los servicios de una agencia publicitaria para su campaña televisiva, dando inicio a un modus operandi que, de allí en más, sería aceptado por todos casi de forma axiomática.
Los principios del marketing político se exportarán casi de inmediato a toda Europa Occidental, donde varios de los candidatos presidenciales no dudarán, ya desde esa década de los ’70, en someterse a los consejos en comunicación made in USA ¿La estrategia?
Un verdadero lifting de todo el sector político que operará un cambio lento pero inexorable hacia fines del siglo XX. Así, por ejemplo, el candidato a la presidencia Valéry Giscard D’Estaing proclamaría ya por 1974: "espero que esta campaña sea la más libre de todas, y cuando digo libre, me refiero tanto al tono como a la forma, ya que creo que en la vida política francesa hay algo de inútilmente rígido, de artificial.
Es por esto que espero hacer de mi campaña algo más libre, más distendido, más adecuado al estilo de nuestra vida política actual". Las escenas televisivas de la época resultarían en este sentido, ejemplares: partidos de fútbol entre camaradas del gobierno local; entrevistas a torso desnudo en los camarines; paseos en familia a la orilla del mar. En suma, una estrategia que, como señalaba el propio Giscard D’Estaing, buscaría romper con el viejo "ejercicio solitario del poder", en referencia a su predecesor Charles de Gaulle.
Con la caída del muro de Berlín, hace exactamente 20 años, el mundo asiste al triunfo del discurso actualmente hegemónico y al advenimiento de una nueva era caracterizada por la sociedad de consumo y el liberalismo económico. De la utopía socialista a la utopía del libre mercado. "Hoy en día comprendemos sin embargo - señala el filósofo solveno Slavoj Zizek- que el período utópico por excelencia fue, en realidad, la década de los 90’ y su creencia en una humanidad que había por fin encontrado la fórmula socioeconómica ideal".
Hacia fines de los ‘90 ya había surgido el personal branding, reflejo indisociable de los valores de una sociedad cada vez más centrada en la importancia del éxito individual y de la proyección de la propia imagen. Personal branding, es decir, el arte y la manera de crear y promover la propia imagen profesional, administrando la reputación y la percepción que los demás deben tener sobre uno. Un poco al estilo de las redes sociales de nuestros días con Facebook a la cabeza.
Un arte cada vez más complejo, apoyado en años de experiencia del sector publicitario, de los focus group, de los estudios de mercado, de la sociología y, por qué no, de la industria del entretenimiento llamada a aportar los efectos milagrosos del star-system al paroxismo de una sociedad obnubilada por la imagen. De todo esto comenzaría a alimentarse una clase política cada vez más próxima del debate televisivo que del parlamentario.
Paradójicamente, y al compás del refinamiento de las técnicas publicitarias, es el sector político en su conjunto quien comienza a perder peso y brillo dentro de una esfera pública en la cual, después de todo, alguien debía advertirlo, el fuego fatuo de los proyectores se había sumado al del control remoto para quemar la función pública y sus tiempos.
Luego, privatización y liberalización de los mercados mediante, serán el propio Estado y sus representantes los que quedarán al margen de la esfera pública.
Mundialización obliga, la adscripción territorial e identitaria de la clase política parece no dar cuenta de la complejidad del mundo en que vivimos. Su discurso, acusado de anacrónico u obsoleto, es relegado a la última línea de los intereses de la opinión pública. Así, mientras la incertidumbre se transforma en certeza, los representantes políticos, acorralados, devienen simples auditores del quehacer económico. Son tiempos ingratos para una clase en decadencia.
Mientras tanto, una nueva clase política crece y se alimenta bajo el signo de la eficiencia económica. Así en Europa los Estados no podrán sostener muy largamente el deseo de providencia, y las garantías sociales serán reemplazadas por las obligaciones financieras.
Los representantes políticos deben ser capaces de adaptarse y comprender las necesidades de la cartera de inversores, últimos garantes, en definitiva, de las promesas asumidas por los consejos de administración. Y es que la rentabilidad ya no rima con la defensa de las minorías.
El "acceso" a los derechos fundamentales (en particular la salud, la educación y la seguridad) ya no constituyen una prioridad de las políticas estatales. En este contexto, dominar el lenguaje de las finanzas es comprender la lógica de los procesos políticos del mañana.
Al mismo tiempo, la sociedad en su conjunto se transforma también. El mundo cambia, las fuerzas políticas cambian, los partidos políticos cambian. La izquierda se debilita, pierde el pie, hace agua allí donde el debate no incluye los principios de la justicia social, de la emancipación, de la igualdad de derechos, del derecho a la educación, a la salud... Como si la justicia social hubiese perdido de golpe algo de su actualidad. Y es que la agenda viene preacordada ahora por los propios medios de comunicación. Por estos medios que, a su turno, forman parte ahora también de los procesos financieros.
Así, hablar de política supone hoy en día hablar, ante todo, de dinero. Al menos así lo expresa la joven cineasta alemana Nicolette Krebitz en un reciente debate televisivo difundido en la cadena Arte acerca del cine político. "Entre mis amigos no parece muy atinado hablar de política. Hablar de política es hablar de dinero, de cuánto gana quién y qué tipo de vida puede darse uno. Son temas incómodos que no resultan adecuados para hablar un sábado a la noche".
La premisa del debate animado por la escritora alemana Thea Dorn, se resume en una serie de preguntas lanzadas al inicio de la emisión: "¿Qué quiere decir al comienzo del siglo XXI realizar filmes que no persigan las lágrimas, que no busquen la risa o una descarga de adrenalina, sino que intenten además estimular la conciencia política de los espectadores? ¿Tenemos realmente necesidad de ese tipo de películas? Y si la respuesta es sí ¿cuáles son? ¿Cuál es hoy en día el lugar para un cine de compromiso político dentro del séptimo arte? ¿Cuál puede ser su influencia dentro del discurso social? ¿El cine de autor tiene chances de sobrevivir en los márgenes del gran cine de entretenimiento? ¿Nuestra visión de la historia y de la sociedad no están dictadas acaso por las superproducciones de Hollywood?".
Las preguntas, no casuales, alertan sobre la indiferencia reinante de una sociedad que se siente al margen de las decisiones políticas y económicas. Un malestar profundo, una desconfianza latente y una subestimación crónica de los procesos políticos se instala en este occidente tan aferrado, por tanto, a los valores republicanos. Y si el contrapeso de la ciudadanía no opera sobre las decisiones políticas de una nación, los peligros del abuso de poder se materializan tarde o temprano. Así, la autorregulación del mercado y las encuestas de satisfacción sustituyen a la necesidad de consulta popular. La cuestión de la justicia social es desplazada por los índices de consumo, y el debate político por el poder de compra.
Paralelamente a todo esto, es la comunidad toda en su inscripción territorial y temporal la que se va desdibujando. Las fronteras se diluyen y con ellas el sentimiento de pertenencia. La noción misma de identidad se pierde en un todo virtual y multiforme, mientras alguien nos indica que hemos pasado a ser habitantes de una "aldea global". Así, el tiempo se eterniza suspendido en un espacio virtual que va re-emplazando al espacio público. Borrado de este modo el tejido social, la metáfora del cuerpo (social) vivo se pierde, remplazada como parece por la eficacia pragmática del flujo binario.
Asistimos de este modo a una nueva etapa de transformaciones en la historia de la esfera política. Driss Abbassi, historiador e investigador del Centre National de la Recherche Scientifique (CNRS) nos habla de una privatización de la esfera política caracterizada por una serie de mutaciones. En un artículo publicado hace algunos días por Le Monde, analiza un escándalo de la escena política doméstica francesa que tuvo recientemente gran repercusión dentro y fuera de la prensa nacional.
Jean Sarkozy, hijo del actual presidente francés, es elegido presidente del EPAD, uno de los centros más importantes de las finanzas europeas. Las críticas y los debates ocupan rápidamente la agenda de todos los medios, y en la escena pública y privada se exigen explicaciones. Todo esto obliga al joven de 23 años a renunciar al cargo días más tarde y ofrecer sus excusas en directo desde el informativo central.
Los debates, protagonizados por las denuncias de nepotismo y de la mala gestión de los recursos financieros del Hexágono, despiertan la indignación de la opinión pública (y no a la inversa). Pero entre tanto ruido, Driss Abbassi se pregunta si finalmente este malestar de la sociedad, más allá de las polémicas suscitadas, no respondería en definitiva a la preconciencia colectiva de que, después de todo, la carrera política del siglo XXI no es más que una actividad económica dentro de una esfera política: "¿Qué sentido le damos al acto electoral desde el momento en que comprendemos que, finalmente, el voto ciudadano no es otra cosa que una forma de elección entre candidatos que aspiran a una carrera económica de tipo política, sin importar que ésta se obtenga en nombre de valores inmateriales tan cargados de valor como la pertenencia al territorio, la promoción de la identidad colectiva o incluso la defensa de los valores democráticos?".
Crisis de representación, pérdida de injerencia del sector político en los asuntos de interés común, creciente indiferencia por parte de la sociedad, desdibujamiento del cuerpo social, exacerbación de las bondades de las sociedades de consumo, el rol del representante en tanto guardián del "bien común" se ocluye, multiplicándose aquí y allá la certeza del vacío, del abandono. Huérfana de todo acervo, la sociedad sufre más que nunca de una profunda crisis de identidad, que es también una crisis moral. En tiempos de globalización, las sociedades ya no se reconocen a sí mismas ¿Cómo no asociar este contexto al temible resurgimiento de los nacionalismos de extrema derecha?
Y lo cierto es que ya son varios los episodios de abandono por parte de un sector político que toma cada vez más distancia de los asuntos de interés común. Uno de los ejemplos más cercanos en fecha y en repercusión es la reciente crisis financiera.
Luego de una semi-nacionalización de los principales bancos e industrias afectados por esta crisis, podría decirse que los representantes políticos de las grandes potencias lograban por fin recuperar algo del brillo perdido.
El mundo pedía a gritos que alguien tomara al toro por las astas, y un elenco sin precedentes conformado por el carismático Nicolas Sarkozy, la nueva estrella de masas Barack Obama, y la infatigable canciller alemana Angela Merkel, entre otros, aparecían en escena. Por fin, y ante el mundo entero, el liberalismo económico mostraba sus limitaciones, el mercado sus injusticias, y las finanzas su arrogancia sin límites.
Reunido en Londres, el G20 recuperaba así luego de tanto tiempo, un protagonismo inusitado, caracterizado por el anuncio de acciones espectaculares tendientes a la resolución de una crisis financiera que se reconocía así por primera vez como un asunto planetario. Se diría casi un reencuentro entre viejos veteranos de guerra, orgullosos de vestir aún hoy sus uniformes y de contribuir a la humilde tarea de escribir la Historia.
Con un crédito inesperado (o deberíamos decir desesperado) de un billón de dólares gestionados por el Fondo Monetario Internacional, el G20 acordaba lo que Dominique Strauss-Kahn, director general del FMI, definía como "el mayor plan conjunto de reactivación jamás anunciado". Dentro de las medidas, la lucha contra los paraísos fiscales, la creación de una superagencia reguladora y varias propuestas menores tendientes a la corrección del sistema financiero.
Sólo seis meses más tarde (y a años luz de las discusiones acerca de la crisis alimentaria que todavía afecta a la población mundial) los representantes políticos de las 20 naciones más poderosas del mundo volvían a reunirse. El sueño de una puesta en relieve del sector político se caía a pedazos en la fría ciudad de Pittsburg. Cancerberos de la única y verdadera fuerza de regulación política y económica del siglo XXI, la de las finanzas, los reunidos confirmaron, para decepción de los que aún pregonaban la vuelta del viejo Keynes, que la puesta en escena no había sido más que una muestra de las limitaciones del poder político actual. "Buenos augurios" y varios anuncios menores de rigor fueron el resultado de un encuentro que podría ser juzgado en el mejor de los casos, de mediocre.
El periodista Pierre-Antoine Delhommais resumía de esta forma los acontecimientos de las últimas semanas: "Las ‘nacionalizaciones’ bancarias no han sido más que cortos paréntesis, cerrados rápidamente sin que nadie se ofusque (...) Pobre Karl! Veinte años después de la caída del muro de Berlín, con la crisis de las subprimes a la cual asistimos, es la segunda muerte del socialismo".
Mientras se escriben estas líneas, nuevos muros están siendo levantados. Entre Israel y Cisjordania, alrededor de la Unión Europa, en la frontera entre México y los Estados Unidos e incluso, como lo señala una vez más Slavoj Zizek, al interior de los propios Estados. En medio del mundo que nos toca vivir, finalmente, no parece tan extraño que reine la indiferencia.
Y aunque el futuro y la continuidad de una clase política representativa parecen, así, íntimamente ligados a la defensa de los principios de la justicia social, el desafío consiste en encontrar una voz propia en un mundo cada vez más complejo, dominado por el discurso de los medios de comunicación y de las lógicas financieras. Utiles fantásticos del siglo XXI, las nuevas tecnologías deberían contribuir al diálogo, al fortalecimiento de la democracia, estimulando la participación ciudadana y no lo contrario.
Como sea, son tiempos difíciles para las clases políticas del mundo, cierto, pero también y mucho más dolorosamente, para su gente.
Fuente: Bitacora
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